Basado en la obra de Manuel Payno

Durante el Siglo XVIII, mexicanos y extranjeros se daban cita anual en dos pueblos camino a Guadalajara Lagos era una villa situada en un terreno pedregoso y árido; San Juan, era todavía más triste pues sus habitantes no volvían a su hogar sino cuando se acercaba la feria que llevaba su nombre.

Todo el comercio de la República se reunía en un pueblo pequeño, triste, árido, con pocas casas para albergar tanta concurrencia; el pueblo carecía de paseos, teatros, portales, carecía de todo aquello que lo pudiera hacer cómodo y agradable, sin más atractivo religioso que un pequeño santuario en un cerro, y cuya Virgen no tenía, como otras, tanta fama de ser milagrosa.

A pesar de ello, la feria de San Juan de los Lagos era conocida mundialmente, tanto así que su fama llegó a las ciudades manufactureras de Francia, Inglaterra y Alemania, siendo además, meca religiosa mexicana de muchos nacionales y extranjeros.

En París se preparaban surtidos especiales de mercería fina y ordinaria y de telas de algodón, lino y seda de colores chillantes y dibujos fantásticos, y se embarcaban con anticipación en los pesados paquetes de vela que venían a Veracruz procedentes de Burdeos y del Havre.

En Liverpool y Hamburgo se cargaban hasta la cubierta unos barcos fuertes y veleros que daban vuelta al Cabo de Hornos, y después de cuatro o cinco meses de una peligrosa navegación venían a fondear en San Blas y Mazatlán, y de allí, hatajos de mulas conducían la lencería inglesa y alemana, el cristal y loza a la feria, y de este modo llegaban con la más grande exactitud, teniendo tiempo bastante para encaminar las mercancías para establecer sus almacenes en San Juan y hacer cambios y ventas que llegaban a muchos miles de pesos.

Desde Veracruz, entre la sedería de lujo y los mil dijes y curiosidades de la joyería y mercería francesa, que mandaban a México para el consumo del mes glorioso de diciembre, y lo que reservaban y encaminaban a su tiempo para la feria, quedaban los almacenes vacíos y aprovechaban la ocasión para salir de las mulas que no habían podido vender ni a la mitad del precio.

De Chihuahua venían unos carros que parecían casas, tirados cada uno por diez o doce mulas gigantes, pues pasaban de siete cuartas, y los carreteros, mayordomos y gente que escoltaba el cargamento para defenderlo de los indios bárbaros, tenían un aspecto salvaje e imponente. Todos eran altos, fornidos, de barbas espesas y botas de grueso cuero hasta el muslo, y en su cintura cartuchos, pistolas, puñales. Los carros venían llenos de algodón y de cobre, de tejos de oro y de mil otros productos del Norte.

De Nuevo México venían numerosos rebaños de carneros de fino y espeso vellón blanco, todos con la cabeza negra; de Texas venían igualmente carros parecidos a los de Chihuahua, cargados de lienzos de algodón ordinarios, de loza corriente y de ferretería e instrumentos de labranza.

De las diversas haciendas de Tamaulipas, salían partidas de mulas que eran vendidas al más alto precio a causa de su alzada y su hermosura. Ni en las ferias de Andalucía se veían mejores. Los chalanes las compraban relativamente baratas, formaban troncos y los vendían a su regreso a la capital en quinientos y seiscientos pesos cada uno.

Además llamaba la atención la gran cantidad y variedad de dulces: Camotes de Querétaro, camotitos de Santa Clara de Puebla, calabazates de Guadalajara, uvate de Aguascalientes, guayabates de Morelia; el turrón y colación de México; pero su olor y bella apariencia, era un gusto recorrer las hileras de mesas llenas de esas golosinas, que formaban una larga calle. En la mayor parte de esos puestos, adornados con flores y guirnaldas de papel de colores, abundaban las velas de cera de todos tamaños, gruesos y colores.

Era también muy singular y curiosa la reunión de mujeres de diversos estados, que por la distancia eran como de diferentes y lejanas naciones; pero en la feria se encontraban poblanas, tapatías, zacatecanas, aguascalientenses, sanmiguelenses, queretanas, potosinas, tamaulipecas, chihuahuenses, morelianas, sinaloenses, poquísimas de Oaxaca, una que otra jarocha y ninguna de los Estados del Sur, de la costa del Golfo.

Para llegar a la feria, caminaban en burros, mulas, caballos; en carros de dos ruedas sucias de polvo y de lodo, con sus sombreros de petate encajados hasta los ojos para no quemarse con el sol; pero llegando a San Juan, las mujeres sé aseaban, se ponían sus mejores ropas y comenzaban a circular, curiosas y vivarachas, por las calles e improvisadas plazas, llenando de alegría y de animación la festividad comercial y religiosa.

Podía el viajero comparar la sal y garbo de las tapatías, poblanas y zacatecanas con el reposo y frialdad de las blancas y robustas fronterizas, y conocer y apreciar la belleza o fealdad relativa de las mujeres de los diversos Estados de la República, tan distantes unos de otros como París de Berlín o Madrid de Burdeos.

El pueblo, polvoriento y sucio los once meses del año, lucía pulcro e impecable, las fachadas de las casas se pintaban de blanco y de diversos colores; la iglesia se cubría de colgaduras rojas, de macetas de flores y de ramos, y se veía alumbrada día y noche con velas de cera en todos los altares.

Las calles pedregosas se medio arreglaban, los caminos y avenidas se disponían de modo que fuese más fácil el tránsito de tanto coche, de tantas recuas de mulas, carros grandes y pesados, y de dos ruedas y ligeros, que conducían de todos los ángulos de la República pasajeros y mercancías.

Los techos improvisados de tejamanil, vigas apenas labradas, clavos y muchas piezas de lona y lienzo, de algodón ordinario, eran los materiales para armar ligeras construcciones temporales; la Plaza de gallos; en el teatro Principal, se representaban sainetes las compañías de la legua, y a veces hasta comedías enteras, desempeñadas por los actores de México; salón de títeres; cafés, fondas y hoteles; pero todo era frágil ante la multitud animosa de diversiones.

Los hoteles eran de lo más originales y cómicos, un gran cobertizo formando una galería de cincuenta u ochenta varas de largo por seis u ocho de ancho. Las divisiones entre cuarto y cuarto consistían en una cortina de manta ordinaria por cuyo tejido, sin necesidad de hacer un agujero, se podía ver lo que pasaba en casa del vecino. Los muebles consistían en un catre de tijera, con o sin colchón, una pequeña mesa de madera y dos sillas, un candelero y un cacharro de barro, como basinica.

Los matrimonios, verdaderos o improvisados, que tenían en algo el pudor y el aislamiento en ciertas horas críticas, tenían que añadir sus jorongos al débil y transparente lienzo que los separaba de los vecinos. Cada uno de estos cuartos valía por una noche cuatro pesos, y tomándolo por la temporada, tres pesos diarios, por supuesto, sin asistencia ni comida.

La fonda, de una construcción tan ligera como el hotel, estaba enfrente, y los precios estaban en relación con el alojamiento. Cuando llovía o venteaba, el agua pasaba a chorros por los débiles y mal colocados tejamaniles del techo; y las divisiones de lienzo, arrancadas por el viento, volaban y desaparecían, dejando a la vista que recorriera el curioso espectáculo de muchas gentes de los dos sexos que, creyéndose solas en su casa, se encontraban repentinamente a los cuatro vientos.

Afortunadamente había poca luz, pues las iluminaciones rojizas, medio apagadas, y los farolillos con velas de sebo, no dejaban ver todas las maravillas que se hubiesen descubierto con el alumbrado de gas o con los modernos acumuladores eléctricos.

Las casas de cal y canto del pueblo, algunas muy amplias y dispuestas para el objeto, se arrendaban a precios fabulosos. Los ricos comerciantes de Mazatlán pagaban mil y dos mil pesos por la temporada.

Después de la ciudad de piedra, seguía la de madera y después los campamentos. Los cincuenta o sesenta carros de Chihuahua, con sus muladas, ocupaban un espacio inmenso en el declive de la loma, y allí formaban un paralelogramo extenso, en cuyo centro colocaban los tercios de algodón y de otras mercancías, cubriéndolas en las noches con gruesos abrigos impermeables.

El carro que contenía la plata, estaba vigilado día y noche por una guardia, lo mismo que la entrada de esa especie de plaza fuerte, y la oficina y el despacho estaban en otro carro vacío, y allí se hacían los cambios, las compras y ventas y tenían su casa con recámaras, comedor y despensa, los dueños o dependientes, mucho mejor abrigados y cómodos que los desgraciados viajeros que se veían forzados a tomar un cuarto en los hoteles improvisados.

Los carros de Coahuila y de Texas, a cierta distancia, tenían la misma organización. Formando un semicírculo se colocaban los hatos de las diversas recuas de arrieros, que conducían de todas partes del país vino, aguardientes, ropa y semillas, y se esperaban todo el tiempo de la feria para lograr cargar de retorno.

Más adelante y formando horizontes, se establecían las pastorías de carneros de las haciendas de Coahuila, Chihuahua, y Nuevo México, desperdigándose un poco por aquí y por allá, buscando y arrancando con trabajo la escasa yerba que nacía en aquel terreno pedregoso y que no dejaba de estar fresca y apetitosa por las lloviznas del invierno.

Los caballos de Tamaulipas, Coahuila y de otros puntos, se vendían en muy alto precio y valía la pena el gasto. Los cerdos y burros también en corrales, cerraban este inmenso círculo que, hacía horizontes y se perdía de vista entre los pliegues del terreno.

Cuando en la madrugada se disipaba la niebla que, como un inmenso abrigo cubría en la noche todo ese conjunto disímbolo de casas, de barracas, de corrales de gentes dormidas y de animales despiertos que daban al viento sus diversos y variados tonos, y el sol aparecía en el horizonte y, levantándose con majestad en el ancho y despejado cielo, iba matizando con sus relucientes rayos de oro las diversas escenas a que daba lugar la reunión al aire libre de tantas gentes y de tantos objetos distintos.

El paisaje en conjunto presentaba un aspecto grandioso y de una novedad que atraía a multitud de personas ricas del interior que, sin tener negocios ni comercio, se pasaban ocho o quince días, no sólo contentos, sino casi locos, viviendo en sus coches, que eran salones de recibir y comedores durante el día, y recámaras muy abrigadas en las noches.

A las ocho de la mañana comenzaba el movimiento en todos sentidos. El desayuno era lo más urgente: la variedad de panes, bizcochos y bebidas calientes de las ordeñas de vacas gordas negras que se establecían en el centro de la ciudad improvisada; los gritos particulares de los que vendían sabrosas golosinas; las músicas ambulantes de bandolones, guitarras y jaranitas que preludiaban cancioncillas del país para llamar la atención de los muchos que iban y venían, y adquirir así algunos cuartos para comenzar el día.

El andar garboso y los vestidos singulares y provocativos de las tapatías, zacatecanas y poblanas; el afán de los comerciantes y vendedores de mil y mil cosas raras y curiosas, como los guajes y tecomates de Morelia, los muñecos de barro de Colima y los jarros y loza de Guadalajara, y las muchas frutillas secas desconocidas en México.

Los muchos primorosos fustes, cabestros, aparejos, reatas, espuelas y frenos de Amozoc; los coches, carros y hatajos que llegaban y buscaban local para establecer; y para que este cuadro variado se completase con una pincelada de maestro, las puertas de la capilla se abrían de par en par, los altares se iluminaban profusamente con cirios de cera, las campanas llamaban a los fieles con sus sonidos agudos, y el cura, revestido con una pesada casulla bordada de oro y rojo, sacaba la custodia del sagrario y, con fe y ternura, bendecía a los miles de gentes que se reunían en San Juan en esa época del año.

* RELATO BASADO EN LA OBRA DE MANUEL PAYNO