Los Paréntesis abren las puertas del infinito

La figura de Fobos (Miedo) en la mitología griega, aparecía antes de cada batalla, refiriéndose al miedo y pánico de los combatientes para luchar, estos luchadores, aterrados, huían de la batalla o fingían su muerte para luego escapar, para que Deimos (Pánico) hacía su aparición después de su hermano, presentándose a los luchadores paralizados por Fobos, ante el terror al dolor o la muerte.

Es el miedo, este respeto tradicional, antiguo, inexplicable, es la causa de las conquistas y forma la gloria de los conquistadores, mantiene las monarquías y conduce a los hombres a la matanza saludando a César antes de morir, es un problema y un misterio, que la ciencia moderna y la filosofía profunda no ha podido descifrar.

Hay hombres superiores en el mundo?, nacen unos para MANDAR y otros, para obedecer, como creía Aristóteles?, es una ley providencial para la marcha y la organización de las sociedades?  Los hechos son terribles: Napoleón, con sólo una mirada, hizo temblar al bárbaro que tenía la espada levantada para matarlo.

Hernán Cortés se presentaba ante miles de indígenas valientes y aguerridos, y en vez de aniquilarlo, como pudieron haberlo hecho mil veces, caían a sus pies de rodillas. Francia, la nación más ilustrada, más inteligente, más activa, más civilizada del mundo, estuvo años dominada por la voluntad de Napoleón.

Los hombres más distinguidos, los literatos y poetas más célebres, los abogados de más valía, solían guardar silencio, agachar la cabeza y obedecer, con rabia y despecho en el alma, las órdenes de Napoleón, obligados por este sentimiento secreto desconocido, y sin embargo, poderoso e ineludible que se trata de disculpar de mil maneras, pero que nunca se explica satisfactoriamente.

La revolución francesa quiso destruirlo, aniquilar, prescribir para siempre el miedo en todas las sociedades humanas. Vano esfuerzo, de la guillotina y de la sangre volvió a renacer más fuerte, más organizado, más temible, revestido de las formas llamadas constitucionales. Sangre perdida, víctimas inútiles.

Una explicación hay material y visible, es el arte de la guerra, esa voluntad irracional de los estrategas militares de bañarse de gloria, entregando ciegamente su destino al miedo y la fortuna, que es menester contener con soldados armados que a su vez cargan y disparan el fusil estimulados por ese tradicional miedo que no los abandona.

El mundo moderno se presenta hoy en medio del constitucionalismo y de la libertad relativa, el espectáculo imponente de la autoridad y de la misteriosa obediencia antigua, representada en un complejos estatutos, simbolos de poder, mensajes ocultos y subliminales que gobiernan las voluntades de las masas, sin saber porqué ni cómo.

Las potencias mundiales, herederas del colonialismo, progresistas, ambiciosas del bien y de la gloria humana, adoptando en el acto cuánto tienen de grande y de vital las ciencias, la ingeniería, la literatura y la inteligencia humana en todo su admirable desarrollo, no se han podido sacudir esa tradición disfrazada de estatuto. 

El miedo siempre ha sido utilizado por las clases dominantes para ejercer dominio sobre la prole, al darle personalidad y nombre a sus ideas, se enclaustraron en palacios de altos muros tomando cuantas precauciones aconsejaba no el miedo, sino la prudencia, sin embargo, por muchas y minuciosas que hayan sido las mayores precauciones, muchas veces han sido inútiles.

De tal suerte, crearon un imaginario entremezclado con un pasado mágico y la dominación de una clase dirigente totalmente imbuida en el ideal religioso, llevaron a relacionar las desgracias e infortunios con la oración y la plegaria colectiva, en búsqueda de una pronta solución divina y un ajusticiamiento de los culpables.

Todos somos súbditos del reinado del miedo, hasta los que nos gobiernan; la oligarquía financiera está sujeta a la política de los judíos, otras mafias tienen en su seno un grupo poderoso de multimillonarios egoístas, pretendientes de nobleza y aristocracia que esperan con ansia a un príncipe que les gobierne, que desterrado de su tierras utópicas, venga a terminar en una trágica aventura y se sacrifique por sus privilegios perpetuos, como lo hizo Quetzalcóatl, Jesucristo o Maximiliano de Habsburgo.

 

La esencia de las sociedades.