La vida me recompensó un día, en coincidir y charlar con una profesora octogenaria de Literatura de la Universidad de Buenos Aires en Granada, España, quien era compañera y amiga de Jorge Luis Borges.

Queriendo indagar más sobre la vida del escritor, ví como el rostro de la anciana se transformaba; hacía gesticulaciones, miraba al vacío, sus palabras eran sensatas, se diluían en un abrupto pensamiento, (resultado de un imaginario increíble) y por un momento creí verlo a él, a Borges y en las calles Granada, me sentía en Al Andalus, en «La busca de Averroes«.

Juro que vi a Borges en aquella anciana, se me apareció de repente, como desapareció Averroes de su cuento; cuyo tema es la infructuosa búsqueda por develar el sentido de los conceptos aristotélicos de tragedia y comedia.

Borges decía que todo lo que buscamos está más cerca de nosotros de lo que pensamos; Averroes, trata de comprender algo que no entiende:  «Aristú (Aristóteles) denomina tragedia a los panegíricos y comedias a las sátiras y anatemas. Admirables tragedias y comedias abundan en las páginas del Corán y en las mohalacas del santuario

Pero pronto el cuento se va llenando de silogismos y contradicciones: «No se puede contar cómo era esa casa, que más bien era un solo cuarto, con filas de alacenas o de balcones, unas encima de otras. En esas cavidades había gente que comía y bebía; y asimismo en el suelo, y asimismo en una terraza. Las personas de esa terraza tocaban el tambor y el laúd, salvo unas quince o veinte (con máscaras de color carmesí) que rezaban, cantaban y dialogaban, Padecían prisiones, y nadie veía la cárcel; cabalgaban, pero no se percibía el caballo; combatían, pero las espadas eran de caña; morían y después estaban de pie«.

Borges nos habla luego del destino, comparándolo con un camello ciego que atropella a los hombres: el destino es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano.

El destino del protagonista y el de Averroes, es la tragedia de tratar entender algo incomprensible y que parece demasiado simple para otros, la comedia que surge de este acto. Borges lo llama un acto poético: el tener un fin que no está vedado a los otros, pero sí para él.

Averroes, atrapado en el Islam, nunca pudo entender el significado de la tragedia y la comedia. El cuento culmina con un párrafo que niega la existencia del narrador y de Averroes, que es incomprensible y desconocido para sí mismo, pero no para otros:

Sentí que la obra se burlaba de mí. Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios. Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito. (En el instante en que yo dejo de creer en él, “Averroes” desaparece.)

Muchos dicen que, para leer a Borges hay que buscar sus pistas, desenredarlas, como una madeja y uno a uno encontrar el hilo que nos conduce a otras más; en su Aniversario Luctuoso, el recuerdo de la lucidez de su pensamiento y sabiduría, resurgirán de la muerte, mientras sus textos tengan vida.