«Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido tres grandes majaderos»
Simón Bolivar

Cómo fue que un pequeño grupo de españoles, que descubrió, exploró y conquistó la mayor parte del Nuevo Mundo ha sido considerado hasta ahora, con casi unánime injusticia, como una serie de monstruos. Aborrecidos por los amigos de la libertad; los héroes de la conquista aparecen como esclavizadores y expoliadores, como personajes que inician un cruento y luctuoso drama de esclavitud, drama en tres actos, cada uno de los cuales dura un siglo (Siglos XVI, XVII y XVIII), fueron unos bandidos, con antifaz de guerreros, dicen los de ahora.

Para saber quienes fueron, los conquistadores, es necesario conocer antes, el pueblo de donde salieron y la época en que aparecieron. El carácter de un pueblo, se refleja en los grupos sociales que lo integran: el clero, ejército, literatos, etc., y se refleja, por consiguiente, en la acción de estos grupos: el modo de ser religioso, la manera de conducirse en la guerra, su literatura, de otro modo, en que creen, cómo pelean y de que se nutren.

Muchas de las manifestaciones psicológicas se condicionan a agentes externos, variables, pero es fácil descubrir el terreno firme, bajo las hojas secas que esteran el suelo del bosque. Existen, en cada pueblo, caracteres permanentes que lo individualizan. O con otras palabras: la continuidad de un pueblo o de una raza en su manera especial de desenvolverse en la vida le imprime sello, constituye un carácter.

Los conquistadores poseyeron en grado máximo, la virtud, muy española, del heroísmo, fueron individualistas de estricto fanatismo religioso, de una religiosidad carnicera, y tuvieron la dureza, muy racial pero también muy de época, que los hizo a los guerreros contra el Islam y del protestantismo.

El anhelo de obtener fortuna con poco esfuerzo, que hace de los españoles desaforados jugadores y de la Lotería arbitrio rentístico, degeneró en ellos en feroz codicia, ante el espectáculo de riquezas insospechadas y les despertó auri rábida sitis. Sintieron un anhelo de aventuras remotas que los vincula a catalanes y aragoneses de las expediciones a Sicilia, Bizancio y Atenas.

Sintieron el dinamismo de aquella época de enormes descubrimientos: América y, poco después, los Archipiélagos de Asia; de enormes viajes, como los de portugueses, italianos y españoles; de grandes guerras y decisiones violentas, hasta para cosas del espíritu como la religión. Tuvieron un orgullo de emperadores. Fueron, por último, incapaces de fundar Estados pacíficos y administraciones regulares en aquellos territorios que con tan insólito denuedo conquistaron.

El carácter español es, ante todo, un pasional, un impulsivo pronto a la acción. La energía es una de sus características Y esta piedra angular del carácter hispánico sirve de base a su espíritu de combatividad, a su inclinación a la guerra. Sirve también de base a su incapacidad para ceder que, en el orden moral, se llama intransigencia

Batallador e intransigente, carece de tolerancia, lo que vale decir que también carece de capacidad crítica, ya que comprender equivale a tolerar. Como tiene exceso de personalidad le cuesta al español mucho trabajo deshacerse de ella, aunque sea de fingimiento.

Más bien que en difundir su espíritu, por medio de la persuasión, se complacerá en catequizar infieles, en que mar herejes, en destruir documentos y monumentos que testimonian otra fe; combatirá voluntario en las guerras de religión; será campeón de Cristo en las tierras bárbaras de América y campeón del catolicismo en Europa contra la Reforma. Sus monarcas llevarán con orgullo el título de Majestad Católica.

Aun esta actitud, tai vez excesiva y errónea, pero que nace de un imperativo de la conciencia, infunde respeto: prueba la generosidad y la bravura de España, siempre dispuesta a dar la sangre y la vida por sus ideas y hasta por sus errores. Al través de toda la historia española persiste el rasgo combativo como carácter fundamental, y persiste, desde la brega contra la dominación árabe, como rasgo típico adquirido, la exaltación del espíritu religioso que en nuestros días empieza a declinar.

Algunos de los escritores más lustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón, por ejemplo, que dejó las armas por la Iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos, Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gradan. Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y Fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiásticos o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media.

El santo español será un santo heroico. Lo mismo actuará Santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII que San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y Santa Teresa de Jesús, en el siglo XVI Estos santos de España, o son personalmente dinámicos y combativos o bien, cuando deciden asociarse gustan de organizarse al modo militar. Personal o colectivamente siempre están prontos a luchar e imponerse Son de veras españoles. Son conquistadores. Son hermanos gemelos de Roger de Flor y de Hernán Cortés.

Quedamos, pues, en que hasta los santos españoles respiran energía. La energía es fundamental en la raza: se observa el través de toda su historia y, a pesar de todas las mezcolanzas étnicas, desde los tiempos del ibe- ro primitivo hasta nuestros días. Esa energía ha convertido a la española en una raza guerrera.

No existe raza menos gregaria que la española, pocas tienen tanta personalidad. Es individualista en sumo grado. Lo fué siempre. El mismo hecho de acogerse a vivir en Comunidades, en conventos, no es para comunizar la vida, sino para individualizarla. A lo sumo se llega, por obediencia, por espíritu de sacrificio, para ser grato a Dios, a confundir la vida propia con la del monasterio o Comunidad en cuyo seno se ha- bita; entonces el convento es «mi convento»; la Orden es «mi Orden. Individualista y orgulloso, cada español se cree el centro del Universo. Imagina que de él brota no se sabe qué fuente de autoridad, superior a la autoridad reconocida. Hoy mismo puede advertirse cómo le cuesta trabajo obe- decer.

Los bienes materiales suelen sacrificarse de buen grado a una satisfacción de amor propio.

En la decadencia personal o de patria se mantiene erguido este arrogante y fiero orgullo. Y el contraste entre la persona o la Patria venida a menos y la altivez altisonante e intempestiva produce honda impresión que a un tiempo lastima y mueve a risa

El español, como hemos visto, se muestra fatalista; es decir, cree que sucede lo que deba suceder y, por tanto, desconfía de la eficacia del esfuerzo, Es, además, católico sai generis; es decir, imagina como el héroe de «La devoción de la Cruz» de Calderón, que se puede ser un bandolero y alcanzar la salvación del alma si se tiene fe en dos palos puestos de través, uno encima de otro; Antes de la fiesta nacional de los toros, hubo la fiesta nacional de los autos de fe.

RECIBA ACTUALIZACIONES Y CONTENIDO EXCLUSIVO GRATIS