En el imaginario popular, Andrés Manuel López Obrador era el Rayito de Esperanza, el hombre que «quiere, protege y defiende a la gente», la Honestidad Valiente, el (ahora) Presidente, sigue siendo recordado como el opositor que mandó al diablo a las instituciones y se declaró Presidente Legítimo, la víctima de una conspiración orquestada para evitar que rescatara al pueblo de la miseria, el héroe que iba a acabar con la corrupción y quitar privilegios para darle a los desposeídos, el que cantaba en los mítines «el petróleo es nuestro», el estratega militar que no iba a darle un garrotazo al avispero «a lo tonto» y que buscaba dar abrazos a los presuntos delincuentes, predicando con el amor al prójimo, el Gandhi mexicano que iba a liberar, transformar a México.

El desafuero de Vicente Fox, lo catapultó a las nubes, el ruido de las querellas legales que enfrentó en 2004-2005, como jefe de Gobierno, aumentó su popularidad y ni siquiera la prolongada ocupación del paseo de la Reforma para protestar por lo que consideró un “fraude electoral” lo afectó, por el contrario, su fama subió como la espuma. Como Presidente realizó actos inauditos ante los ojos del mundo como la cancelación de un Aeropuerto Internacional que iba a ser el nuevo Centro de Conexiones para vuelos transcontinentales en América, además de ordenar la construcción de una Refinería en una zona pantanosa proclive a los huracanes e inundaciones, contrario a una agenda global que busca disminuir las emisiones de carbono.

El éxito arrasador de Andrés Manuel López Obrador, como político se debe en gran medida a que maneja a la perfección el malabarismo de dos conceptos capitales en la psicología de los mexicanos: el victimismo y la esperanza. El complejo victimista del mexicano ha sido alimentado por siglos, desde la «reivindicación del indio» en el concepto de nación, pasando por la Conquista, la Caída de Tenochtitlan y la pérdida de más de la mitad del territorio; la Esperanza surge como respuesta y justificación del victimismo.

Octavio Paz decía que los mexicanos somos unos «hijos de la chingada», hijos de la «Malinche» de una mujer (aparentemente) violada, que traicionan sus raíces pero que también las aman, que se acompleja ante extranjeros por serlo (y son más cándidos que con los suyos), pero que defienden a su patria cuando les conviene, siempre y cuando no afecte su integridad; el victimismo mexicano es un concepto único en América Latina, por ejemplo, está ausente en Perú, el segundo virreinato del Imperio Español, que rinde tributo a su «conquistador» Francisco Pizarro, cuyos restos descansan en la Catedral de Lima y son motivo de orgullo.

A los mexicanos en la primaria se nos enseña que siempre hemos jugado el rol de víctimas como país, a lo largo de nuestra historia hemos sido víctimas del opresor Imperio Mexica, de los despiadados conquistadores españoles, de las injusticias del virreinato, del poderoso ejército francés, del ambicioso imperialismo norteamericano, del enfermo de poder y esclavista Porfirio Díaz, de las empresas transnacionales (que nos han saqueado), de los empresarios de la mafia del poder, del sistema “neoliberal” y un larguísimo etcétera con más de muy diversos victimarios.

¡Ya nos saquearon!
¡No nos volverán a saquear!

JOLOPO 1982

El famoso economista austriaco Friedrich Hayek decía que quien controlaba las ideas controlaba el rumbo de la sociedad. Es por eso que muchos políticos populistas, cómo José López Portillo, Hugo Chavez, Fidel Castro y Andrés Manuel López Obrador insisten en hacernos ver lo “desdichados” y “abusados” que somos, para poder después erigirse como un Mesías que todo lo puede arreglar y de esa forma poder mantenerse en el poder; una especie de gatopardismo del Siglo XXI donde MORENA busca renovarse como el viejo PRI.

El discurso victimista es necesario para AMLO, porque sin víctimas el proyecto «transformador» ya no tendría seguidores a los que predicar. Nadie compraría sus promesas de situaciones inalcanzables en la realidad pero que resultan tremendamente atractivas para aquellos que buscan salidas fáciles; la esperanza es una respuesta humana ante la incertidumbre y no debe confundirse con la FE y aunque siempre es útil en la vida, no debe usarse como único motor o guia y menos cuando es representado en la figura de un político.

La amplia popularidad del Presidente y su gobierno de escasos o nulos resultados se debe en gran medida a la esperanza sembrada por muchos años, en una transformación asociada al momento histórico que vivimos, 2021 (en la tipografía oficial LO21), el Quinto Centenario de la Fundación de México, el Segundo Centenario de la Independencia, el surgimiento de nuestra patria, es un proyecto que ha costado mucho y ha llevado décadas forjar, la Cuarta Transformación planteada como política de gobierno no existe, más no asi como estrategia mediática de comparativos donde se hace énfasis en distractores y es que cambiarle el nombre a las instituciones o situaciones no las hace mejores o diferentes, no evolucionan ni se transforman.

Estamos viviendo la peor crisis económica y sanitaria de nuestras vidas, el riesgo es real y latente, todos debemos actuar con cautela ante los retos que enfrentamos y en 2021 no se gana nada culpando a Hernán Cortés o exigiendo un perdón al Rey de España o al Papa, ni tampoco juzgando a los expresidentes por sus errores, menos añorando esperanzas en un gobierno cuya transformación histórica pende de un hilo, al menos la planteada, porque si algo se ha transformado en México es el caos, la pobreza, la violencia y la destrucción, ya solo quedan víctimas con esperanza. Para todo el mundo, estos tiempos son duros, cambiantes y la pronta adaptación a las circunstancias, es el único medio que tenemos para la supervivencia.