We are Going Places,
Get away from something, Get what you want, Get there
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Cuando el futuro aparece problemático y el mismo presente se torna inseguro, el hombre vuelve instintivamente al pasado en busca de la solución a su incertidumbre. De ese recurso al pretérito emerge la Historia como conocimiento de las vicisitudes de la humanidad a través de los siglos. No es, la Historia un mero entretenimiento erudito.

La mirada al pasado, sobre todo al pasado reciente, proporciona la clave exacta para contemplarlo todo, el ayer, el hoy y el mañana, con experimentada perspectiva, para descubrir el sentido de nuestra vida y de nuestra civilización, o para revisar prejuicios y mitos a la luz de nuevos criterios. Conocido a fondo el pasado, adquieren inmediata transparencia el presente y el futuro. Porque, como dice Cicerón: la Historia es testimonio del tiempo y luz de la verdad.

La historia de la conquista del Oeste la escribieron hombres blancos, llamados «americanos», para lo que tuvieron que empezar disputando el terreno a los verdaderos americanos, estos ganaron muchas batallas por su habilidad y conocimiento del terreno, inospito para los «americanos», sin embargo, los primeros al final vencieron al mermar el espíritu de sus enemigos. Durante la Guerra de la Secesión, los militares americanos aprendieron en vivo y en directo que la capacidad para controlar los recursos del enemigo era el arma definitiva.

Un hombre no puede enfadarse con su propio tiempo sin sufrir algunos daños

Musil

Los «no americanos», en aquel momento, eran tres: los ingleses, viejos enemigos, que aún ocupaban zonas próximas a Canadá; los españoles, dueños del Sur y del Centro (aunque en 1819 hubieran tenido que vender Florida por cinco millones de dólares), y los rusos, que ocupaban Alaska, Oregón y se extendían hasta California. Contra ellos se dirigieron los responsables de la política de Washington no por caminos bélicos, sino comerciales. La doctrina fue ésta: «Todo el país tiene que llenarse de establecimientos yanquis«

El Siglo XIX, fue el Siglo del Imperio Británico pero también fue el Siglo del Oeste y del expansionismo americano desde los bordes del padre de las aguas, el Mississippi. La dominación británica había establecido un modo de vida uniforme, unas costumbres que eran las europeas y unas leyes las de la Corona. No se había creado en realidad un tipo humano nuevo ni penetrado en territorios abiertamente hostiles; no se había descubierto todavía la inmensidad del país, que quedaba circunscrito a una zona costera en el Atlántico.

Los Estados Unidos, la nación que había vencido a Inglaterra, España, Francia, Rusia y México, tenían un recurso valiosísimo, la vastedad de la tierra, que necesitaba ser conquistada y trabajada, la llegada de inmigrantes de Europa y la expansión hacia los confines del país, redefinió la «última frontera», más allá de la cual empezaba el “Gran Desierto Americano», que estaba fijada en el río Mississippi. Hasta aquí existía la aventura, qué duda cabe. Más allá del «padre de las aguas» empezaba algo mucho más inquietante: El imperio de lo desconocido.

California, que pertenecía a México, pasó a formar parte de Estados Unidos a partir de 1848, en virtud del Tratado de Guadalupe Hidalgo, el oro fue descubierto en un aserradero en Coloma, cuando la noticia llegó al este del continente, una verdadera multitud emprendió el viaje hacia lo desconocido en busca de aquel nuevo El Dorado.

Durante los doce primeros meses después del descubrimiento, cuarenta y dos mil personas , (que entonces eran muchas, teniendo en cuenta las dificultades de la ruta), llegaron a California. Otros lo hicieron por mar, doblando el cabo de Hornos, en Sudamérica. o incluso para abreviar el viaje marítimo atravesaron el istmo de Panamá, en América Central, a través de una de las zonas más pródigas en enfermedades que entonces había en el mundo. De ese modo California fue poblada rápidamente y en 1850 formaba ya parte de la Unión

Las viejas historias del río nos hablan del inmenso trasiego humano que iba a adentrarse en el «Gran Desierto», pero también en los barcos de espectáculos. llenos de alegres auditorios en las crecientes ciudades de los márgenes; de los lujosos vapores con sus dorados salones, en los que los dados rodaban sin cesar al son alegre de los violines; del auge del algodón, que atrajo al valle a los pioneros del Oeste y costeó las mansiones de blancas columnas de los plantadores del Sur; de las lanchas de tablas, atestadas de pacas de fibra, y de las cañoneras acorazadas que dieron al Norte el dominio del río durante la Guerra de Secesión.

Por su geografía y su clima, las Grandes Llanuras diferían de cuanto hasta entonces había encontrado el colonizador del siglo XIX. No olvidemos que los europeos habían venido de tierras de bosques y ríos, y en el Nuevo Mundo habían hallado hasta entonces bosques y ríos, lluvia abundante y facilidades para sus cultivos. Pero las Grandes Llanuras eran algo completamente distinto: se trataba de una inmensa planicie árida, o que al menos lo parecía.

De aquí que se la conociera con el nombre genérico de «Gran Desierto Americano». Allí la lluvia era escasa y los ríos inciertos, además de poco profundos. No había ninguna madera para las construcciones (detalle este absolutamente fundamental) y tampoco existían puntos de referencia para guiarse. Cuando un explorador se adentraba allí, se exponía a ser engullido como hoy podría serlo en el desierto del Sahara.

Los emigrantes cruzaban las Rocosas, en busca de aquella tierra, por dos grandes rutas: la de Santa Fe. en Nuevo México, y la de Oregón. La de Santa Fe era más directa, perc desde Oregón se podía también viajar a California por la costa del Pacífico. Una tercera ruta, más áspera, llegaba hasta alIi a través de la Gran Cuenca y Sierra Nevada: ésa fue la que siguieron los mormones.

La invención del revólver, que sustituyó al largo rifle de los pioneros e hizo posible que cada hombre pudiera estar armado en cualquier sitio y cualquier circunstancia, poseyendo además una respetable potencia de fuego. El revólver nació en las Grandes Llanuras. y fue la «herramienta» más útil de aquellas regiones, donde la vida de un hombre valía muchas veces lo que su puntería y rapidez. En esta zona geográfica, pues, con el revólver, estaba naciendo el verdadero «Oeste».

Por otra parte, el Sudoeste se diferencia de las demás regiones americanas porque, con California, está llena de recuerdos españoles. Los españoles instalaron allí las primeras haciendas y las primeras organizaciones agrícolas, implantando también la cría de ovejas, caballos y ganado traído de la metrópoli.

La idea de unificar a los Estados Unidos se dio por medio de las vias de comunicacion, el tendido férreo sería la columna vertebral del proyecto expansionista, el primer ferrocarril transcontinental, cuyo primer clavo fue colocado, en la parte californiana, partiendo de Sacramento, el 8 de enero de 1 863. Gran parte de los obreros eran chinos, pues resultaba imposible encontrar mano de obra más sufrida y más barata, y además abundaban en todos los rincones de San Francisco.

Por el otro lado se empezó con más retraso, el 8 de diciembre de 1863, partiendo de la ciudad de Omaha: hay que tener en cuenta que, en teoría, a la Union Pacific se le presentaban menos dificultades, pues la Central debía atravesar Sierra Nevada y. por si eso fuera poco, los grandes desiertos cercanos al lago Salado. El último raíl quedó fijado con tres preciosos clavos: uno, procedente de Nevada, que era de plata; otro, de Arizona, hecho con una aleación de oro, plata y hierro; y el último, de California, fabricado con oro puro, Las dos líneas se encontraron, al fin, el 10 de mayo de 1869, en Promontory Point, al norte del Gran Lago Salado.

El gran sueño de América acababa de realizarse, los americanos ya podían trasladarse de una costa a otra sin apearse del vagón, lo que les hacía sentirse dueños de sus destinos. Pero no lo era aún porque enfrente suyo estaba otro pueblo que aún no había sido vencido del todo y que veían sus tierras invadidas y la pérdida de sus medios de subsistencia . Enfrente suyo se alzaban, hieráticos y silenciosos, los primeros americanos, los verdaderos, que estaban en aquella tierra desde la noche de los tiempos.