«En este ocaso de mi vida sólo un deseo me queda:
la dicha de mi país, la dicha de los míos.
En el caso de tener más vida, sólo deseo curar esta
encía: y que el dolor no vuelva a estos dientes míos…»

El presidente Díaz tenía casi 81 años en el final de su mandato y de su vida, y padecía como cualquier ser humano, los malestares corporales de la edad, padecia de la memoria, sus capacidades eran mas lentas, sus reflejos no eran los mismos, el costo de la vejez es un privilegio de pocos. Durante su juventud estuvo involucrado en múltiples batallas, conflictos y fue un militar activo de una guerra cruenta de la que siempre salió victorioso.

El nivel de estres al que estuvo sometido toda la vida era terrible, pues bruxaba (rechinaba) los dientes, esto le causo una atricion muy severa (desgaste), tenía sus dientes anteriores (incisivos) desgastados y filosos, sus molares eran rumiantes como los de una vaca y sus musculos faciales estaban tensos y duros todo el tiempo.

En el siglo XIX no existía la cultura de la higiene bucal, los mexicanos se limpiaban los dientes con cenizas de tortilla quemada, pero en general no lo hacían y llevaban una dieta natural y fibrosa, por lo que la caries dental no era tan común entre el pueblo que tenía poco acceso al azúcar, salvo quienes bebían pulque en exceso.

Porfirio Diaz padecia de las encías sangrantes e inflamadas tenía una enfermedad crónica llamada periodontitis, en la que el calcio de la saliva se aglutina y forma cálculos (sarro) que inflaman la encía y activan una respuesta inmunitaria en la que el organismo trata de defenderse de las colonias de bacterias que habitan y destruyen el hueso, aflojando el soporte de los dientes.

Cuando el Presidente Díaz vivía en el Castillo de Chapultepec, se despertaba muy temprano, desayunaba ligero tomaba un café y leía los diarios, sin embargo la dieta que consumía regularmente estaba muy lejana de la del groso de la población, pues consumía con mucha frecuencia postres, pasteles, helados, sorbetes, dulces, chocolate azucarado, exquisiteces francesas y oaxaqueñas.

La dieta alta en azúcares hizo que desarrollara caries y que esta se expandiera rápidamente por sus muelas al tener expuestas los tejidos blandos de los dientes, la dentina y el cemento. Sus dientes se volvieron frágiles y quebradizos, derivado del estrés acumulado que tenía al final de su mandato, sus dientes se le empezaron a romper en pedazos.

La recurrencia de las dolencias del presidente Díaz era una expresión popular que se oía en los círculos más cercanos, la boca del General estaba llena de llagas que buscaba aliviar con diversos remedios traídos de lejanas
tierras como el Licor del Polo, (mismo que usaba todos los días) y se colocaba opio y acido acetil salicilico mismo, que le quemaba las encías.

A mediados de 1911, después de lidiar por mucho tiempo con estos dolores, se vio en la penosa necesidad de acudir a un odontologo, yendo con un prominente dentista cubano radicado en México, egresado de la Universidad de Pensilvania, el Dr. Jose Maria Soriano y la Dra. Margarita Chorne, la primera mujer dentista de latinoamérica.

Los dentistas intentaron extraer la tercera molar inferior izquierda, usaron óxido nitroso y éter para causar analgesia al Presidente, sin embargo no pudieron anestesiarlo (la mandíbula es inervada por el nervio dentario inferior y el nervio bucal largo), porque no existía la anestesia local, el hueso de Porfirio Díaz, al ser octogenario era muy duro y denso, entonces la muela se partió debajo de la encía.

Al intentar sacarla usaron elevadores, forceps, instrumentos de tortura con el que golpeaban la raíz de la muela rota, causando un dolor insoportable al presidente que se sujetaba fuertemente de la silla, el General Díaz ni en la guerra contra los franceses había sufrido tanto como junto a esos dentistas. El procedimiento fue un fracaso y el presidente se quejaba amargamente que «los dentistas mexicanos le habían destrozado la boca«, posterior a la extracción desarrolló una infección derivada del trauma físico, la osteitis alveolar.

En Mayo de 1911 acudió con un dentista estadounidense muy reconocido en Europa, el tercero que intentaría extraer la muela derruida de los huesos duros del General, el resultado fue peor, pues los restos de la muela estaban tan arraigados debajo de la encía, que con el deficiente instrumental de la época, el dentista usó un garfio que hacía presión sobre el molar, y le produjo una fractura de la tabla externa de la mandíbula lo cual generó una osteomielitis que estuvo a punto de causarle la muerte

La infección se agravó el 23 de Mayo, la hinchazón le inflamo la cara y ya no podía hablar, creía que iba a morir y la renuncia era su única salida; durante la crisis infecciosa el General pasó más de una semana sin poder abrir la boca, hablar o tragar y, desde luego, con intensisimos dolores que se combinaban con las preocupaciones políticas de su gobierno

A falta de antibióticos y medicamentos analgesicos, el 25 de Mayo de 1911 envió su carta de renuncia al Congreso, según el Secretario Limantour, Díaz sólo podía expresarse en monosílabos y quedó inhabilitado, por varios días, para encargarse de los asuntos del país.

El día 25, a las cuatro de la madrugada, desde su casa de la calle Cadena 8 acordonada y custodiada, el general fue trasladado junto con su familia y sus pertenencias a la estación de San Lázaro. De ahí partirían rumbo al puerto de Veracruz para abordar el barco de vapor Ypiranga que lo llevaría hasta Europa.

El barco de vapor pertenecía a la compañía Hamburg Amerika Linie Ypiranga, que se había ofrecido de manera gratuita al general. Así como un banquete de despedida de cortesía el cual estaba compuesto por filete de buey a la jardinera, filete de hipogloso a la Orly, sopa de cola de buey inglesa y caviar en helado, para aliviar la inflamación de su muela.

Porfirio Díaz vivía en hoteles al principio de su exilio en Europa, viajó junto con su esposa sus dos cuñadas, su hijo y sus nietos, visitando España, Egipto, Alemania y por último a Suiza, donde le recomendaron al «mejor dentista del mundo» un estadounidense que ahí radicaba y quien logró por fin extraer la muela del juicio rota, cuyos ligamentos estaban tan inflamados por el edema crónico padecido durante meses, que sin problema la pudo extraer.

Porfirio Diaz Mori, el patriota oaxaqueño, el héroe de la Batalla de Puebla, el hombre de Estado, el fundador del nacionalismo mexicano, se fue un dia en el Ipiranga para nunca más volver. El General que vio huir al ejército de Francia, fue vencido por el tiempo y una muela (y no como se cree por Madero), fue una muela del juicio quien realmente derrocó a Porfirio Díaz.