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Los dioses nos dan muchas sorpresas:
lo esperado no se cumple y para lo inesperado un dios abre la puerta
EURIPEDES

Desde tiempos inmemoriales la gente ha creído que el futuro sería una repetición del pasado, pues no creían en el progreso. El siglo XX y el desarrollo de la ciencia, nos hizo descubrir que esto es completamente impredecible. Esta conciencia requiere otra conciencia retroactiva o correlativa: el destino ha sido y sigue siendo una entidad desconocida.

Si finalmente pudiéramos deshacernos de la ilusión de que podemos predecir el curso de los eventos humanos, sería una gran conquista intelectual. El futuro permanece abierto e impredecible. Por supuesto, las determinaciones sociológicas, económicas y de otro tipo influyen en el curso de la historia, pero siempre han estado en una relación inestable e incierta con los innumerables peligros y accidentes que cambian su dirección.

Las civilizaciones tradicionales, como las mesoamericanas, vivían con la certeza del tiempo cíclico y creían que el sacrificio humano, era necesario para garantizar su correcto funcionamiento. La civilización moderna vivió en la certeza del progreso histórico. Y hoy, el colapso del mito del Progreso nos trae conciencia de la incertidumbre histórica. Por supuesto, es posible cierto progreso, pero como es incierto.

 ¿Quién pensó en la primavera de 1914 que un asesinato en Sarajevo provocaría una guerra mundial que duraría cuatro años y causaría millones de víctimas? ¿Quién pensó en 1916 que el ejército ruso se desmoronaría al Imperio Ruso? ¿Quién pensó que el tratado de paz firmado en 1918 llevó las semillas de una segunda guerra mundial que estallaría en 1939? ¿Quién pensó en el próspero año de 1927 que una catástrofe económica que comenzó en Wall Street en 1929 envolvería al planeta? ¿Quién pensó en 1930 que Hitler tomaría el poder por medios legales en 1933? ¿Quién pudo predecir que en 2020 la economía mundial estaría al borde del colapso y generaría una crisis peor a la de 1929 por causa de un virus?

El surgimiento de lo nuevo no puede predecirse, de lo contrario no sería nuevo. El surgimiento de una creación no puede conocerse de antemano, de lo contrario no sería creación. La historia no fluye majestuosamente como un río ancho; deambula por innovaciones, creaciones internas, eventos externos y accidentes.

La transformación interna comienza con creaciones que surgen dentro de un pequeño círculo como pequeños eventos locales que se consideran desviados. Si la desviación no se apaga, puede hacerlo en condiciones favorables, a menudo en estado de crisis, paralizar las regulaciones que lo bloquean o reprimir, y proliferar como una epidemia, que se desarrolla, se propaga, gana impulso y se convierte en una tendencia fuerte que finalmente produce una nueva normalidad.

Así sucedió con todos los inventos técnicos desde el arnés, la brújula, la imprenta, las máquinas de vapor, las películas y hasta las computadoras. Así sucedió con el capitalismo en las ciudades-estado renacentistas. Y lo mismo es cierto para todas las grandes religiones universales nacidas de la predicación singular de Siddharta, Moisés, Jesús, Mahoma, Lutero; y todas las grandes ideologías universales nacieron en la mente de un puñado de inadaptados.

Los cambios brutales que están por venir derivado de la pandemia de coronavirus de 2020 ponen en práctica la teoría del caos o el efecto mariposa que sin duda tendrá efectos no solo en la economía y la política, sino en la manera como esta generación, la generación de la información, percibe el mundo, un cambio de percepción brutal en una sociedad que se se decía libre, cuya voz era la «verdad absoluta», dueña de los acontecimientos y que creía que con solo con voluntad y deseo podrían derrumbarse los muros de la incertidumbre. El mundo será otro y será más real que nunca.