Florentinoviruela

Mayo de 1521, Cuauhtémoc salió del cue del Palacio de Axayácatl y se dirigió a su pueblo:
«Valerosos mexicanos, ya veis como nuestros vasallos todos se han rebelado contra nosotros, ya tenemos por enemigos no solo a los tlaxcaltecas, cholultecas y huejotzincas, sino también a los texcocanos y chalcas y xochimilcas y tepanecas. Todos nos han desamparado y dejado y se han ido y vienen contra nosotros, Os ruego que os acordeis del valeroso corazón y ánimo de los mexicanos chichimecas, nuestros antecesores, por lo tanto mexicanos, no os desanimes, fortaleced vuestros ánimos y vuestro corazón..»

Empezaron los rituales y los mexicas apelaron a sus dioses para que les ayudaran, antes de las batallas, los nobles bailaban y cantaban para fortalecer su valor, consumian peyote y pulque, semillas de datura y enredadera, la humareda y el fuego era visto a distancia. Mientras tanto en Texcoco se afilaban lanzas y espadas, Pedro Barba, comandante de ballesteros se ocupaba de que sus hombres tuvieran flechas suficientes, Cortés había pedido flechas de madera con puntas de cobre, se planeaba una asedio similar al de Constantinopla.

El ejército de Cortés reunió sus tropas para un desfile, los pueblos aliados se formaron con sus estandartes al viento, flechas, arcos, espadas, jabalinas, lanzas y silbatos; el coro unisono de «Castilla, Castilla!» y «Tlaxcala, Tlaxcala!» era estremecedor, el ejército tlaxcalteca demostraba sus heridas sacrificiales autoinfligidas con orgullo, eran las flagelaciones en honor a los dioses, la vida estaba puesta en la batalla, la suerte estaba echada, la victoria era de Tlaxcala.

Pero los castellanos llevaban un arma más letal que las flechas envenenadas o las espadas o los perros, un arma biológica, Hernán Cortés supo de la pandemia en su favor y gran respeto y temor causaba entre los indios por su inmunidad;  el antecesor de Cuauhtémoc, Cuitláhuac había muerto recientemente, a tan solo unas semanas de vencerlos. El ejército mexica de más de 500,000 soldados, sucumbiria en animos ante un flagelo maldito que cimbraba los ánimos de los combatientes, el terror era magnificente.

El primer caso de bioterrorismo en América, comenzó meses antes con la muerte de Francisco de Eguía en Cempoallan, quien en su sepelio infectó a un centenar de personas que acabaron con la población en cuestión de semanas, los sobrevivientes esparcieron la epidemia por los señoríos totonacas y la devastación, que fue atribuida a causas divinas, preocupó mucho a Moctezuma, quien se enteró por emisarios de la peste.

Por medio del comercio con los vasallos totonacas, el virus llegó a México-Tenochtitlan en el mes de Tepeilhuitl (Septiembre), de 1520, antes de que los castellanos arribaran, pues ellos estaban en Tlaxcala, sin buscarlo, el virus acabó con la vida de muchos mexicas, el espectáculo era aterrador, los muertos se acumulaban por entre los enfermos, reinfectando a los sanos, los enfermos y los cadáveres eran indistinguibles, el pueblo mexica sucumbia lentamente, los sobrevivientes morían de hambre, durante 60 dias, Tenochtitlan fue sitiada por un enemigo invisible.

Los muertos flotaban por entre los canales, se recomendó incinerarlos pues se entendió que eran contagiosos, Cuauhtémoc culpaba a Tezcatlipoca como el responsable de tal devastación, los «papas» (ministros de culto que vestían de blanco) recomendaron que, acatando la divina voluntad, se debian incrementar los sacrificios y las ofrendas por las noches, los granos grandes en los cadáveres o temonaliztli, eran incinerados en un intento desesperado por aplacar al dios.

Ante el arribo de los ejércitos por una de las calzadas, los mexicas estaban listos para morir, el estruendo de los tambores y caracoles indicaban que iban a sacrificar prisioneros, el ruido era ensordecedor y Cortés pensó muchas veces que el mundo llegaba a su fin; la furia de los guerreros, liderados por el águila y el jaguar, que estaban revitalizados por la sangre de Xipe no se dejarian vencer por sus antiguos enemigos, sin embargo muchos tlaxcaltecas morirían también por el virus y sus contagios recurrentes, un asesino invisible atribuido como castigo de los dioses, vencería al imperio más poderoso de Norte América.