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La Gūera Rodríguez fue la primera mexicana que se atrevió a luchar por su libertad en una sociedad machista en la que la mujer era considerada inferior, en la que el esposo era el dueño, podía decidir por ella y la podía corregir a golpes, ella nunca lo permitió y siempre se defendió de los hombres, incluso enfrentó al poder inquisitorial de la iglesia y conspiró contra el gobierno virreinal, seduciendo y dominando a los hombres más poderosos de su época con astucia e inteligencia.

La Gūera nació en Nueva España el 20 de noviembre de 1778, su nombre completo era María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco y Osorio Barba Jiménez Bello De Pereyra Hernandez de Cordoba Salas Solano Garfias; era miembro prominente de la alta sociedad de la Ciudad de México.

Era una rubia bellísima, seductora, valiente, valerosa e inteligente, la primera feminista de México, pues aunque Novohispana murió en México, un naciente país cuya independencia ayudó a consumar y fue además de las primeras mujeres que se divorció en una época, donde las mujeres eran exclusivas de la vida familiar y religiosa.

Maria Ignacia fue relegada de la historiografía oficial por su cercanía y amoríos con Agustín de Iturbide, el villano predilecto de los tradicionalistas y también porque fue una mujer no humilde sino de la alta nobleza, que realizó actos «indecentes e inmorales» para los valores tradicionales de la mujer mexicana.

Contrajo matrimonio arreglado a los 16 años con José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil  y tuvo cuatro hijos. No solo era bellísima, sino que cautivaba con su charla, cultura y modales, sirvió además de modelo; su ingenio cautivaba a quienes la conocían, lo que enfureció siempre a su marido.

Al ser obligada a casarse, teniendo una posición social alta, sin nada que ambicionar y siendo ella tan joven, hermosa y llena de pretendientes, se decidió por tener amantes, sin embargo su imagen de virgen enloquecía a los hombres, pues fue modelo de la virgen de Nuestra Señora de los Dolores y su hija de la Inmaculada Concepción en el Templo de San Felipe Neri, obras de Manuel Tolsa, el mismo que fundió «El Caballito» y concluyó la Catedral Metropolitana con su reloj.

La Güera Rodríguez era pues símbolo de lo divino y lo profano, la mujer más bella de la Nueva España, sus rizos rubios claros sin canas, sus hermosos dientes blancos, sus ojos muy finos, su gran vivacidad y sus senos prominentes, enloquecian a los hombres, tuvo pues, su primer juicio con la Inquisición por haber posado con el torso desnudo en un retrato, aunque no recibió castigo alguno.

María Ignacia era golpeada continuamente por su esposo e incluso intento matarla con un arma, sin embargo esta lo acusó de intento de asesinato el 4 de julio de 1802, después José Jerónimo la acusó de cometer adulterio con su padrino, el clérigo y médico y solicitó la intervención de los tribunales de Nueva España y la anulación del matrimonio.

Sin embargo, su esposo murió misteriosamente en 1805 antes de recibir el divorcio y se casó por segunda vez con Mariano Briones, un rico señor mayor que murió pocos meses después, heredando su gran fortuna; la Güera se casó nuevamente con Manuel de Elizalde, con quien permaneció hasta su muerte.

Maria Ignacia fue amante de hombres poderosisimos, tuvo una relación con Simón Bolívar a la edad de 15 años cuando su barco San Ildefonso se detuvo en México,  con Agustín de Iturbide (estando casada) y sus relaciones le permitieron tener acceso a documentos confidenciales, incluso tuvo una cercana «amistad» con  Alexander von Humboldt, luego de que ella lo invitó a ver una plantación de nopal.

Al ser tan adinerada, María Ignacia aprovechó a su favor la corte virreinal y la puso al servicio de los sueños independentistas, apoyó la causa de los rebeldes mexicanos con dinero e información; sin embargo fue acusada de adulterio, conspiración y herejía por defender la independencia con el sacerdote Miguel Hidalgo, fue llevada ante el tribunal de la Inquisición el 22 de marzo de 1811.

La Güera al ser una mujer valiente, se defendió a sí misma de las acusaciones en su contra, acusando al Inquisidor Juan Sáenz de Mañozca de abuso sexual de monaguillos y seminaristas, homosexualidad y promiscuidad. Los cargos le fueron retirados por falta de pruebas y después de que María Ignacia sacara a la luz inmoralidad del inquisidor, después de su juicio, el virrey la desterró a 30 leguas de la Ciudad de México, a Querétaro.