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Cuando Francisco I Madero asumió el Gobierno de México, nombró a su tío Ernesto Madero, como Secretario de Hacienda y a su primo Rafael L. Hernández primero como Secretario de Economía y luego como Secretario de Gobernación. El corrupto y nepótico Madero dio a su hermano Gustavo Madero el cargo de Diputado Federal.

El colmo del nepotismo de Francisco I Madero al dar a sus familiares las Secretarías más importantes del Gobierno, era que estos traidores se oponían a las reformas planteadas por los revolucionarios maderistas y que incluso se declararon enemigos del movimiento que había llevado a la presidencia a Madero, todo con el visto bueno del presidente.

Madero quiso verse muy incluyente y conciliador con el Porfirismo, por lo que incluyó en su gabinete a funcionarios de la pasada administración, revolucionarios progresistas y sus propios familiares que llevaron a una parálisis de la administración pública. Madero era inocente, por no decir torpe, al confiar en sus enemigos.

Los familiares del presidente se opusieron a las reformas del movimiento revolucionario y protegieron a los porfiristas. Madero nunca quiso aceptar ni validar críticas, se enfurecia y aludía un boicot de los conservadores. En enero de 1913 los diputados entregaron al presidente un documento que resumía los errores de la administración y hacía hincapié en un cambio de gabinete y de rumbo.

Los diputados afines a Madero ganaron las elecciones legislativas de 1912, sin embargo en el primer periodo de sesiones, los conflictos cupulares, la falta de liderazgo, el nepotismo y el hecho de que al presidente se le había subido el poder, no pudieron sacar las reformas agrarias que demandaba el movimiento revolucionario.

Los hechos demostraron que Madero no estaba preparado para gobernar, sino unicamente para ser oposicion, su falta de liderazgo hacia que el congreso, otrora obediente a los designios de Porfirio Díaz, no lograba ponerse de acuerdo ni aun en los proyectos que pregonaba su movimiento.

Madero puso demasiadas expectativas en una sociedad analfabeta, ignorante e inocente, la violencia se incrementó considerablemente y Madero se vanagloriaba en sus laureles de Democracia y Cambio. Catorce meses fueron suficientes para que los mexicanos se dieran cuenta del engaño; la falta de experiencia política de Madero, el desconocimiento del funcionamiento del Gobierno, un gabinete incapaz e inepto y la recurrente y desesperada «guia» de los «espíritus» al presidente precipitaron su caída.

Si Madero hubiera podido cumplir sus promesas, su prestigio se hubiera conservado, pero la guerra seguía,  las masas le creyeron en un principio, pero cuando llegó el momento de los hechos y la mágica transformación no se fraguó, las multitudes se vieron burladas y su figura, que antes emanaba esperanza, ahora daba risa, coraje y lástima. La caída de Madero, era la exigencia de la mayoría de los mexicanos, sin embargo la historiografía post-revolucionaria lo convirtió en mártir o «apostol de la democracia», un título inmerecido para un ser deleznable, un traidor a la patria.