JUANA

Sor Juana Inés de la Cruz era lesbiana y estuvo enamorada de muchas mujeres, entre ellas las Virreinas de Nueva España; a María Luisa Gonzaga Manrique de Lara le dedicaba textos hechos de vivencias personales que solo ella podía descifrar; nunca nadie sabrá con certeza la relación pecaminosa que sustrajeron, pero por las palabras de la poetisa, tenemos pruebas contundentes de que esta le profesaba un amor verdadero:

«Yo adoro a Lisi, pero no pretendo, que Lisi corresponda mi fineza; pues si juzgo posible su belleza, a su decoro y mi aprehensión ofendo.» 

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana era una mujer muy astuta e inteligente, de carácter rebelde y encantador; supo cautivar con su cultura y conocimientos a la aristocracia novohispana; su inteligencia estaba enmarcada con una profunda belleza que emanaba primero de su juventud y después de su sabiduría; era una mujer sin duda intimidante, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo y orando, se igualaba con los maestros de la Corte, con los hombres, con los mayores poetas, Gongora y Quevedo, a quienes supo imitar con febril elocuencia.

Los votos de castidad no le permitían tener relaciones sexuales, mucho menos relacionarse con la realeza, pues ella, a pesar de todo, era una plebeya, influyente, pero plebeya. Juana tenia un ego inconmensurable, por su naturaleza de bastardía, buscaba llegar a más, incluso hasta negar su propia sexualidad, quería ser un hombre, de hecho se hizo pasar por uno para ingresar a la Universidad y saciar su sed de conocimiento.

El querer estudiar, aprender, poseer sabiduría en una época donde las mujeres eran un objeto a merced de los hombres y los hijos, era un acto de rebeldía, negarse a una vida devota al servicio de Dios, lo era mucho mas, Juana de Asbaje no conoció límites, estaba muy avanzada para su tiempo, rompió esquemas desde muy joven.

Ingreso a la Corte del Virrey Antonio de Toledo, donde se relaciono con la crema y nata de la Corte, que emulaba en protocolos a la de Madrid; tuvo acceso privilegiado por ser dama de compania, a charlas exquisitas con hombres poderosos, teologos, filosofos, humanistas, matematicos, y todo esto hizo desarrollar su cultura exponencialmente.

Juana ingresó al convento no por vocación religiosa, sino porque se opuso a contraer matrimonio; ella quería ser una mujer sabia y el único lugar donde podía encontrar la paz para hacerlo era en un convento. Enclaustrada rompió relación con el padre Núñez de Miranda, en tiempos en que las mujeres eran consideradas inferiores intelectualmente.

Ingresó primero en el Convento de las Carmelitas Descalzas en 1667, pero lo abandonó tres meses después de su ingreso; posteriormente entro al Convento de San Jeronimo, el que seria su tumba, cuando una epidemia de tifoidea le arrancara la vida a los 46 años.

Sor Juana conoció los tormentos que el amor verdadero provoca, los desdenes a quienes nos aman y el dolor que nos carcome el alma de sufrimiento, por ser despreciados por el ser amado:

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lizardo me aborrece y yo le adoro;
Por quien no me apetece ingrato, lloro,
Y al que me llora tierno, no apetezco.

A quien más me desdora, el alma ofrezco;
A quien me ofrece víctimas, desdoro;
Desprecio al que enriquece mi decoro,
Y al que le hace desprecios enriquezco.

Si con mi ofensa al uno reconvengo;
Me reconviene el otro a mí ofendido;
Y a padecer de todos modos vengo;

Pues ambos atormentan mi sentido:
Aquéste con pedir lo que no tengo;
Y aquél con no tener lo que le pido.

En la soledad de una celda húmeda y fría,  Juana de Asbaje gastó su vida leyendo poesía y practicando métrica hasta volverse loca, imaginaba historias de amor, se sentia encadenada a la penitencia del conocimiento y aspiraba la libertad del amor prohibido con una mujer inalcanzable, una española poderosisima, nada menos que la Virreina, oraba todas las noches porque sus deseos prohibidos le arrebataran la pasion carnal que sucumbia en sus pensamientos pecaminosos, lloraba y se flajelaba.

Los bailes, el protocolo, la pompa y lisonjas de la Corte, el amor a las mujeres, el placer prohibido, la deliciosa comida, las letras, la poesia, la sabiduria, todo esto enmarcado en la pintura de un nuevo reino estigmatizado a la sombra de Madrid, el dolor y sufrimiento que cargó consigo toda su vida, quedaron plasmados en sus textos, que siguen hoy en día siendo un enigma para todos, pues muchos son acertijos para quienes sabían lo que había dentro de su corazón; su belleza, rebeldía y su ingenio la llevaron al influyentismo y su paso por la vida, la consagró a la historia de la literatura.