ESPECIAL DE HALLOWEEN

El mascarón de la abundancia, es el emblema de Potosí, Bolivia y de la Casa de Moneda, colocado por un desconocido perdido en el tiempo; de su apariencia pende la gloria y la ruina de quienes lo usan; apodado por los potosinos como Don Carnaval, es la máscara de Baco, dios del vino, pues con su embriaguez nos oculta la verdad, haciéndonos vivir en el Reino de la Ilusión.

La máscara nos oculta lo efímero del tiempo, la riqueza y el poder. Se mofa de quienes lo ostentan, se ríe con la risa de aquellos que no hacen sino esperar sus frutos, como todo en este mundo tan singular, se burla de nosotros ocultándonos que vivir sólo es soñar y la experiencia nos enseña que vivimos y soñamos lo que somos, hasta despertar, para no hacerlo ya.

Potosi (Potojsi) significa en inca “Dio un gran estremecimiento”, existen tres historias que narran el descubrimiento del cerro del Potosí pero hay consenso que fue gracias a Diego Gualca, el pastor que en Enero de 1545 hizo el hallazgo:

1.- La primera dice que viniendo con ganados del mineral de Porco pernoctó en el cerro y en un matorral de paja ató sus carneros los cuales arrancaron de raíz la paja dejando descubierta la veta de plata.

2.- La segunda dice que lanzándose tras un venado que por ahi corria, a punto de caer se sujeto de una paja y con fuerza la arranco y quedó al descubierto la veta brillante.

3.- La tercera dice que habiendo corrido Diego Gualca en demanda de un carnero le dio alcance a las siete de la noche sobre el rico cerro, pernoctando encendió fuego para ampararse del frío y cuando amaneció vio derretido el metal con el fuego que había corrido en hilos de plata.

Cualquiera que haya sido la verdadera, el descubrimiento fue informado al Capitán Juan Villarroel, en cuyo honor se fundó la villa de Villarroel y para Septiembre de 1545 ya había en ella 170 españoles y 3,000 indios que comenzaron la fundación del actual Potosí a las faldas del cerro.

Los caciques incas entregaban súbditos a los españoles y estos daban sus vidas a las penosas faenas de las minas, provenían los indios de 17 provincias del Alto Perú y estas estaban obligadas a contribuir a la explotación del cerro del Potosí en un sistema de conscripción más rígido que el de los ejércitos en tiempos de guerra y que ponía a los indígenas a merced de los azogueros en cuya servidumbre permanecían, mientras no se presentaran otros a reemplazarlos.

Se hacía trabajar a los indígenas hasta 15 horas diarias, cavando túneles, extrayendo el metal manualmente o a pico, eran muy frecuentes los derrumbes y otros accidentes, que ocasionaron la muerte de cientos de trabajadores. Las rebeliones eran ahogadas a sangre y fuego. Es probable que hasta 15,000 indígenas hayan muerto en la explotación de la plata, entre 1545 y 1625.

Las minas del Potosí enriquecieron el mundo y fueron una fuente de financiamiento importante para España, que con ayuda de los caciques incas proveían mano de obra constante y que fue capaz de financiar eventos importantes en la Península como la Coronación de Carlos V que costó 8 millones de pesos y los Funerales de Felipe III cuyo dispendio fue de 6 millones de pesos.

Los nombres de los indígenas muertos en las minas del Potosí y la avaricia de los caciques incas y españoles, que los dejaron morir han sido borrados de la memoria colectiva; el Mascarón de la Casa de Moneda, se burla de aquellos que queriendo encontrar las riquezas con la explotación de otros, fueron castigados de formas terribles que nunca sabremos.

El mundo es neutro y los verdaderos monstruos somos los humanos. El mascarón, tiene dibujada una sonrisa vil. Sus carcajadas malditas se escuchan en las pesadillas de quienes lo llevan puesto sin saberlo. Cuando se haya caído la máscara que llevas puesta, es cuando te darás cuenta del engaño que has llevado puesto toda la vida y este se reirá de ti, pero ya será demasiado tarde.

Inverosímiles atributos enmascara el sonriente, sus ojos ardientes te dejan ver lo profundo: la maldad, el egoísmo, la avaricia, la envidia, lo más pútrido del alma humana se cubre con una faz de alegría irreverente, debajo de este, la miseria humana, la incertidumbre y el sufrimiento.

El desapego de tus máscaras, así como el evitar que vuelvas a usarlas, te dejará ver tu verdadero ser, mirate al espejo y recuerda siempre que todo lo que acumules, digas o hagas, tendrá sentido cuando te vayas, pues  recuerda que si en algún lugar podrás vivir. Será en la memoria de quien te vio realmente.