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Una batalla dispar entre dos reinos, por un lado la España de Felipe II que era el Imperio más poderoso del mundo bordeando una pequeña isla regida por una monarca: Isabel I, que llena de enemigos por entre sus súbditos, más los de Escocia e Irlanda, cargaba una bula papal que otorgaba el derecho y la obligación a todo católico de asesinarla.

La suerte estaba echada, el ejército del Imperio provenía de tercios de España, Portugal, Flandes, Italia y Alemania enfrentándose a un grupo de rebeldes protestantes y corsarios que se habían lanzado a la mar con un objetivo muy claro, asaltar la proa a los galeones que transportaban los botines más preciados, explorar territorios y atacar certeramente las posesiones ultramarinas españolas.

Francis Drake junto con su primo William Hawkins comercializaban esclavos en negreras y en 1567 tuvieron que refugiarse en San Juan de Ulúa, Nueva España perseguidos por los españoles, quienes les atacaron, de allí en adelante fueron muchas batallas navales que culminaron en ruptura diplomática, pues encima de eso Inglaterra apoyaba y financiaba rebeliones en Flandes para desestabilizar a España.

Francis Drake era el inglés más famoso de su época, dio la vuelta al mundo, atacó Cádiz, en un ataque preventivo anticipándose a las acciones de la Armada; la implacable campaña inglesa causó pánico mientras se preparaba para la guerra, los proyectiles ingleses destruyeron las naves en construcción y menguaron la producción de barriles, que era la principal fuente de almacenaje de municiones y provisiones.

Después del ataque en Cadiz, Drake adquirió fama mundial y era muy conocido por tener un “espejo mágico” que le revelaba la situación de todos los barcos del mundo pues siempre aparecía oportunamente cerca de los galeones, lo que les causaba pavor.
Los tercios españoles al mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma estaban, formados por piqueros, arcabuceros y escuadrones con armas especializadas, aunque por encima de estos se alzaba una mujer que demostraría tener un coraje superior a una amenaza más terrible, enfrentarse al ejército más poderoso del mundo.

La insolencia de Isabel en Flandes y las acciones de sus corsarios habían debilitado el comercio y menguado los fondos del Imperio Español, Felipe II puso todo su empeño en transportar un gran ejército 30,000 hombres que serían llevados bajo la protección de la armada a suelo inglés para capturar la Isla de White, conquistar Irlanda, tomar Inglaterra y asesinar a Isabel, quien fue informada de esto y eligió como comandantes de su marina a los corsarios Drake y Hawkins, quienes odiaban profundamente a España y organizaron preparativos para evitar a toda costa la llegada de los tercios.

La Grande y Felicísima Armada estaba bajo el mando absoluto del Duque de Parma quien había recibido total autoridad de Felipe II para comandar la estrategia, esta era desplazarse en escuadra para facilitar el desembarque.

Los Barcos de la Armada Española eran muy similares en su diseño y construcción a los de la Armada Inglesa, aunque eran más imponentes pues eran grandes y muy altos por los castillos de proa y popa, pues buscaban abordar y luchar cuerpo a cuerpo; acostumbrados a ello, buscaban intimidar al oponente, en contraparte los Barcos Ingleses eran pequeños, diseñados para luchar a distancia, primaban la velocidad y maniobrabilidad y eran anchos, abastecidos con muchos cañones poderosos a los costados que eran fáciles de cargar y usaban pólvora de primera calidad.

La habilidad de los barcos de vela para llevar a cabo una batalla con éxito dependía de una gran cantidad de factores pues estaban a merced de la dirección del viento y en la práctica sólo podían navegar si iban detrás, este les empujaba, más si venían adelante, tenían un problema.

La Marina Inglesa afamada por su piratería, se especializó en hacer “bordos de navegación”, que significa navegar contra el viento, virando en cierto ángulo rápidamente las velas adquieren capacidad de movimiento y podían tener capacidad de acción para entrar en el campo de batalla cuando quisieran, hacerles actuar a su modo, despistarlos y jugar con el adversario en su terreno en cualquier tiempo y momento.

Sin duda alguna el mal tiempo y la mala fortuna influyeron mucho pero los ingleses en la mar eran los dueños del campo de batalla y fue esta virtud la que les hizo hundir a la Grande y Felicísima Armada conocida como Invencible y al ejército más poderoso del mundo.