loyolaa

Un militar herido en una batalla apartó de sí sus libros de caballería y en su lecho encontró una nueva vocación en el estudio de los Santos.
Junto a 9 profetas fundaron una campaña militar con el único propósito de servir a las almas, su estrategia les hizo vencer muchas batallas y vertiginosamente se multiplicaron con su poder, pero en su doloroso andar por el mundo encontraron muchos enemigos que contra sus flancos los expulsaron de sus aposentos con el ánimo de extinguirlos.

A la férrea voluntad militar al servicio de Dios y a la lucha interminable entre el bien y el mal.

Nació San Ignacio a fines del siglo XV en Loyola, aldea de Guipúzcoa, de familia noble; y adolescente aún, fue paje de Fernando el Católico. Más tarde tomó parte en la defensa de Pamplona contra los franceses, que lo hirieron, destrozandole una pierna y esa desgracia decidió de su porvenir.

El disgusto que le causó la cojera fue tal, que ensimismándose se dio a la lectura de libros de devoción, acabando por renunciar a casarse con la mujer que amaba, arrojó el mosquete, empuñó el báculo del peregrino, y se fue a deponer su espada a los pies del altar de la Virgen de Montserrat, hizo una peregrinación a Tierra Santa antes de fundar su sociedad y escribió entonces sus célebres ejercicios, destinados a preparar las almas, turbadas por la duda o la indiferencia, a consagrarse al bien, renunciando, no sólo a los bienes del mundo, sino a todas las afecciones humanas.

Cómo si el bien pudiera existir fuera de esas afecciones

Este primer núcleo era pura y simplemente una Sociedad ilegal y secreta; más para él y según sus principios, el fin justifica los medios y desconoció las leyes y las autoridades del país en que había recibido hospitalidad, de los seis primeros compañeros de Ignacio, cinco eran españoles, y el otro francés. El 15 de Agosto de 1534 inauguraron su Sociedad reuniéndose en la capilla de la iglesia de la Virgen de Montmartre, después que el Papa legalizaran su Sociedad, los cardenales se opusieron durante mucho tiempo, creyéndola inconveniente y perjudicial a la Iglesia, hasta que al fin Pablo III la autorizó, por una Bula especial, publicada en 1540.

Tales fueron los orígenes de esta célebre Compañía de Jesús, que no tardó en extenderse por el mundo, y que desde entonces lo ha traído revuelto, haciendo hablar de ella, excitando las más violentas antipatías, y luchando contra grandes y pequeños, infatigable y con persistencia digna de mejor causa.