tajin
«Lopelucio, Lopelucio, reciba nuestra historia de muy buena voluntad, que si más supiera, yo se lo dijera»

Ubicado entre las actuales ciudades de Poza Rica y Papantla, la capital del Totonacapan floreció en un paisaje de lomeríos y una vegetación exuberante; una megalópolis de su tiempo extendida por 144 hectáreas delimitada por dos arroyos que separaban el centro ceremonial de las habitaciones del pueblo y que se nutría con el arroyo occidental, afluente del Tlahuanapa que a su vez desemboca en el Tecolutla.

El Tajín era un lugar donde la tierra era fértil y los productos agrícolas abundantes, la costa estaba cerca y por lo tanto también sus productos, como el pescado, la concha y el caracol para ornamentos e instrumentos musicales; danzaban al sonido de los caracoles que resonaban en sus manos y pies, en sus fiestas bebían pulque y aguamiel que era traído desde Yohualichan.

El núcleo de la ciudad estaba conformado estratificadamente para denotar jerarquia, en el centro de las edificaciones estaba la del gobierno, seguida de centros de producción, luego los de intercambio, consumo y por último los dedicados a la religión. El sistema urbano pues, estaba conformado por semióticos e  infraestructurales de operación del siguiente modo: PODER -> ECONOMIA -> RELIGION.

Había también templos y adoratorios para los dioses y celebración de ceremonias de acuerdo al calendario ritual; juegos de pelota, donde se desataba la pasión por la competencia y el misticismo ritual y también  residencias y casas habitación, donde el estatus de  sus moradores se definió con su cercanía a el centro principal y también por el uso de la piedra, que era decorada con la insignia de la familia.

La filosofía totonaca dictaba que el hombre viene de la naturaleza y tiene que adecuarse a sus caprichos, por ende los edificios se  construyeron en desniveles, aprovechando la  topografía del terreno, terrazas naturales fueron acondicionadas o directamente adaptadas a nivel del suelo, todo siempre en una verticalidad armónica que emanaba de un núcleo.

La piedra arenisca de la región era fácil de moldear y no tan pesada al transporte y formaba el esqueleto ideal para el arte y la arquitectura, el bajorrelieve simbólico y las paredes que se pintaban de colores minerales, la verticalidad, la asimilación con la naturaleza y el orden, era un esquema mental que tenían los totonacos y que encajaba en todas las respuestas de su vida y su sociedad.

El simbolismo armónico de El Tajín se basó en la  repetición rítmica de  motivos, entrelaces y grecas, todo el espacio era ocupado sin dejar huecos, y estos decorados que se continuaban a manera de mantras, siendo símbolos de palabras asociadas con deidades y con música que tocaban en las ceremonias y era una repetición de las grecas, emulando la armonía que solo viene de la naturaleza.

Los cerros del Totonacapan competian con la altura de las pirámides, un accidentado paisaje contrastante con templos de muros claros del color de la arenisca con pigmentos en rojo, azul y blanco, de los que salía el humo necesario cuando era conveniente.

Llovía todo el año, todos los días especialmente de Junio a Octubre y la tierra se nutría proveyendo de frijol, maíz, chile y calabaza, vestidos de blanco, compartían los alimentos; en tiempos de lluvia bebían el agua que caia del cielo, era su regalo eterno, de los Dioses, por haber nacido en el paraíso terrenal.