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La severa crisis económica por la que atravesaba Europa y Asia, expulsó millones de inmigrantes debido principalmente a dos causas: la pobreza y la guerra. América se convirtió en el lugar predilecto para comenzar de nuevo. Estados Unidos y Argentina habían repuntado sus economías por la apertura a la inmigración; cientos de miles de nuevos ciudadanos, jóvenes en su mayoría, se incorporaron al mercado laboral.

México atravesaba durante el gobierno de Porfirio Díaz una época de bonanza económica y paz, sin precedentes, gracias a las decisiones del grupo de científicos, un gabinete que seguía la teoría positivista, es decir, todo lo que era científicamente comprobado, fuera de las pasiones del poder, sería aplicado en las decisiones de gobierno. Tuvieron razón y mucho éxito.

Desde el Gobierno se buscó facilitar la inmigración internacional, como política de estado, gracias al positivismo xenófilo, que era visto como una fuente de apertura, progreso y  se ponía el ejemplo de EEUU y Argentina. Había también oposición a estas medidas, de muchos grupos de tradicionalistas y xenófobos, que rechazaban al extranjero para reivindicar lo nacional.

Ciertos grupos de poder heredados de la colonia, tenían una percepción racista del indio, al que casi unánimemente se consideraba un lastre para el desarrollo económico y social; el indio marginado, incapaz de integrarse al país, se contraponía el «blanco dotado de talento y superioridad naturales».

Las medidas atrajeron a más migrantes a México, debido al interés del gobierno, por repoblar las áreas fértiles e improductivas  y porque se pensaba que el país estaba poco poblado. Se mantuvo una política de puertas abiertas a la inmigración procedente de Europa, bajo los conceptos de fomento a la inversión extranjera, poblamiento de baldíos y muchos aludieron también el «mejoramiento de la raza» a través de un nuevo mestizaje, siguiendo uno de los postulados del darwinismo social, tomado como verdad en el Siglo XIX.

México siempre había sido un país emisor de población, con un saldo migratorio negativo a diferencia de los países de inmigración masiva en América del Sur y del Norte. Las cifras migratorias revelan que se exportaba abundante mano de obra, sobre todo rural. Durante el gobierno de Benito Juárez, cientos de miles de mexicanos emigraron principalmente a Estados Unidos y en menor medida a Guatemala. Sin embargo Mexico fue (y sigue siendo) receptor de inmigrantes guatemaltecos, que se asentaron en la zona del Soconusco, en Chiapas durante todo el Siglo XIX.

En el Porfiriato la industria y economía mexicana vio un crecimiento considerable, junto con las inversiones nacionales para crear redes ferroviarias, puertos y otras obras, gracias a esto, llegaron inversionistas extranjeros, provenientes del Reino Unido, EEUU y Europa, pero no establecieron una comunidad sólida, solamente venían por negocios.

Muchos países estaban muy interesados en depositar su capital en México, se hicieron invitaciones a países europeos a través de la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria (SE) y hubo reuniones con el gobierno del Reino Unido para proyectos de inversión y con el de Italia para que llegaran más italianos o latinos, siguiendo el ejemplo de Argentina, estos eran más asimilables a las tradiciones mexicanas.  Muchos ciudadanos europeos por su parte, estaban muy interesados en emigrar a México tanto por su economía, industrias, comercio, actividades ferroviarias y petroleras.

En 1885 un grupo de italianos compraron tierras baldías y organizaron dos grandes colonias agrícolas parecidas a las cooperativas agrícolas italianas: Hacienda Lombardía y Hacienda Nueva Italia. Los italianos emigraron luego a Chipilo, trayendo sus costumbres e idioma, razón por la cual todavía hoy se habla el dialecto veneciano.

El periódico editado por el liberal Francisco Rivas Puigcerver, la Luz del Sábado,  invitó a la inmigración de judíos sefardíes del imperio otomano a México pues era un “país que florecía a la sombra del árbol de la libertad”. La política de inmigración incluyó exenciones de impuestos, transportes y agua gratuitos con tal de atraer extranjeros dispuestos a contribuir al progreso de la patria y a procrear una nueva generación de mexicanos.

Los judíos árabes y provenientes de Turquía llegaron a México para continuar con su ya tradicional cultura mercantil, se podían ver exportadores e inversionistas con deseos de superarse y crear sus propios negocios. Otros inmigrantes judíos se dedicaban al comercio ambulante, venta en abonos de productos domésticos y varias mercancías pequeñas, éstos se concentraban mayormente en la capital del país.

En México la inmigración dirigida se manifestó en los primeros años del porfiriato, incluyendo la presidencia de Manuel González (1880-1884), por medio de la realización de proyectos de colonización en zonas rurales, para lo cual se intentaba atraer por medio de estímulos materiales a familias de labradores europeos para radicarse en el nuevo país y poblar los terrenos baldíos del norte y otras zonas periféricas. Esta política colonizadora tuvo una duración corta y un escaso éxito, sin embargo muchos se establecieron permanentemente en el Norte de México en Sinaloa, Chihuahua, Sonora, Coahuila y Nuevo León.

El auge economico de Mexico atrajo también a muchos inmigrantes chinos y filipinos a la península de Baja California, estableciéndose principalmente en los valles fértiles de la actual ciudad de Mexicali y Ensenada, hoy en día la comida más típica, tradicional y famosa de la capital de BCN es la comida china. Los japoneses, que se establecieron en las ciudades de Guerrero Negro y La Paz, BCS.

Al finalizar el porfiriato, la población mexicana alcanzaba los 15 millones de habitantes, los españoles continuaron emigrando a México incluso después de la independencia y para 1910, el total de españoles registrados en el Censo General era del 2% de la población total del país.

Las reformas migratorias del Porfiriato y su bonanza económica atrajeron a muchos franceses que encontraron grandes fortunas, en 1847 Jean-Baptiste Ebrard, un joven originario del distrito de Barcelonnette, Francia, instaló un cajón dedicado a la venta de ropa en el centro de la Ciudad de México, este luego se convertiría en los almacenes El Puerto de Liverpool. Sabedores de su éxito, un grupo de  hermanos Joseph, Jules y Henri Tron, Joseph Léautaud y Damian Proal, tambien de Barcelonnette, fundaron El Palacio de Hierro en 1891.

En 1895 se estimaba que residían en México alrededor de 48,000 personas nacidas en el extranjero. También en esa época, debido al éxito de sus predecesores llegarian inmigrantes procedentes Francia, Italia, Irlanda, Inglaterra y Alemania, que exponencialmente llegaron a igualar las tasas de Argentina y Uruguay, superando las de Chile y Brasil, pero esta oleada se detuvo abruptamente con el estallido de la revolución.