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Los Dioses de Mesoamérica eran duales y multipolares, difíciles de concebir y comprender para la teología europea, eran un aforismo de los hombres y de la naturaleza, estaban relacionados fuertemente con los ciclos, con lo divino y también con lo azaroso de la existencia.

La tradición del desollamiento de personas estaba arraigada en las culturas mesoamericanas, de inicios inciertos, los sacrificios humanos representaban el fin pero también el principio de los ciclos, el renacimiento y el desprendimiento, el simbolismo debía ser celebrado en algarabías ceremoniales sanguinarias donde se desollaba a las víctimas, demostrando poder a sus enemigos, sus restos eran consumidos por hombres o animales.

Una vez descarnados los cuerpos, los huesos eran muchas veces tallados; los zapotecas pintaban las mandíbulas humanas y utilizaban los huesos como colgantes para collares, en rituales religiosos, era un simbolismo de poder. El famoso pectoral de Monte Albán representa a 5 Lagarto con una mandíbula humana decorando su rostro en un símbolo irrefutable de autoridad.

Xipe Tótec, era muy adorado en Mesoamérica, conocido en castellano como «nuestro señor desollado», representaba la renovación y el desprendimiento de lo que no era útil, así como la virilidad del universo y el poder del sometimiento. Estaba emparentado con Centéotl, dios del maíz y de la juventud, un binomio necesario.

Xipe Tótec es representado con una sonaja tipo bastón en forma de rayo de sol, en cuya parte superior había una esfera que contenía semillas o perdigones y se hacía sonar mandatoriamente en las ceremonias que le rendian tributo, este instrumento era llamado Chicahuaztli.

En la festividad, llamada Tlacaxipehualiztli, que en náhuatl significa “ponerse la piel del desollado” se celebraban las recientes victorias de la guerra, durante 20 días se efectuaba el desollamiento de personas; se sacrificaban cautivos de guerra por extracción de corazón, sus cuerpos se desollaban y las pieles obtenidas eran vestidas por sacerdotes que danzaban al sonido del chicahuaztli.

Esta fiesta, que se efectuaba en marzo conmemoraba el mito de la creación del Quinto Sol y de la masacre mítica de los innumerables mimixcoa, (quienes debían alimentar al astro y a la tierra, pero al no cumplirla fueron condenados a morir), la cual se recordaba con la ceremonia del sacrificio gladiatorio.

El Hueitlatoani participaba de manera especial, porque el mismo soberano se ataviaba como el dios cuando encabezaba a su ejército en campaña.

La ceremonia principal dedicada a Xipe Tótec se realizaba bajo pautas muy peculiares, los enemigos más valerosos y de mayor jerarquía combatían primeramente sobre una la primera gran piedra (altar) circular, en condiciones desiguales contra sacrificadores locales bien armados.

Una vez vencidos de los combates gladiatorios, si no habían muerto por flechamiento, eran sostenidos por verdugos y un sacerdote les encajaba con mucha fuerza un cuchillo de pedernal que fracturaba el esternón de la víctima, posteriormente una incisión en liberatriz diagonal profunda separaba el tejido adiposo y muscular; el sacrificador introducía su mano y le arrancaba el corazón.

Muchos sacrificados verían su corazón latir fuera de su pecho antes de morir, inmediatamente después pasaban  la segunda piedra (altar) circular para la gloria de Xipe Tótec, donde un grupo de experimentados desolladores con obsidianas finas separaban la piel, con una destreza quirúrgica. Los elegidos se ataviaban con las pieles de los individuos, las cuales se depositaban ulteriormente en pequeños hoyos hechos en las explanadas frente a los altares, al finalizar la ceremonia.

Esta práctica no era exclusivamente dedicada al dios Xipe Tótec, también lo era para la diosa madre de los mexicas, en la celebración de Ochpaniztli, aunque en este caso, las víctimas desolladas eran exclusivamente mujeres.

Los hombres que se ataviaban con la piel desollada de los guerreros en combate creían adoptar sus virtudes en vida, así como de su energía vital; bebian de su sangre, comían de su carne y su piel sudorosa absorbía las hormonas, catecolaminas y secreciones del trauma pre mortem de los sacrificados. Los guerreros más jóvenes, valientes y diestros en el campo de batalla eran los preferidos de nuestro señor desollado.