cortBien dice el dicho: «Lo Cortés no quita lo Caliente..» Hernán Cortés fue un mujeriego empedernido, en su ascenso al poder del Reino de México, cómo Marqués del Valle de Oaxaca, tenía a su servicio un harén de 40 mujeres entre españolas e indias, no respetaba parentesco, mantenía relaciones con hermanas, con la madre y la hija, tuvo muchos hijos ilegítimos y llevo una vida disipada en el erotismo.

Reconoció once hijos de seis mujeres. Cuatro de ellos con indias, entre ellas Malinche y la princesa Tecuichpo. Tuvo siete hijos de mujeres españolas: uno de Elvira Hermosillo, estando todavía de luto por Catalina, y seis de Juana Ramírez de Arellano, su segunda mujer, que los alumbró mientras soportaba sus numerosas infidelidades, y aunque nunca tendría hijos con la que sería su esposa, a tres de sus hijas les puso Catalina.

Catalina Suárez era hermana de un noble abulense, Juan Suárez de Peralta, que llegó a La Española en 1502, y que unos años después mandó traer a su familia a la isla. Catalina debió de reunirse con su hermano en 1509, formando parte de la corte que acompañaba a María de Toledo, esposa del gobernador Diego Colón. Tres años después, Catalina partió con Juan hacia Cuba isla que se acababa de conquistar, ahi conocio a Hernan Cortes quien trabajaba como escribano

Las relaciones entre Cortés y la familia Suárez, fueron muy estrechas y compartieron negocios y vicisitudes, hasta que Cortés se casó con Catalina en 1514, quien fue seducida y engañada por puro entrenamiento, sin mayores intenciones que la diversion y el ascenso social, pues el Gobernador de Cuba, su nemesis Diego Velazquez era amante de la hermana de Catalina.

Catalina era asmática y apocada y fue bastante infeliz en su matrimonio. Fue llevada junto con su marido ya como Marqués, el viaje de Cuba a México afectó a su salud, y nunca se sintió cómoda ni con Cortes ni en Nueva España, su esposo la describe como una mujer «no industriosa ni diligente para entender en su hacienda ni granjearla ni multiplicarla en casa ni fuera de ella, antes era mujer muy delicada y enferma».

Una noche asistieron a una fiesta, llegando a su palacio tarde y una vez en su recamara,  euforico y ebrio Hernán Cortés asesinó a Catalina, ahorcandola y atribuyó el fallecimiento de su esposa a sus problemas de salud (aun cuando gozaba de buena salud durante la fiesta), avisando a la servidumbre hasta que había fallecido y así quedó registrado en la versión oficial, pero las declaraciones de algunas camareras de Catalina, dijeron haber visto unos moratones en la garganta de su señora y que estaba toda descabellada, como si hubiera puesto resistencia, además de orinada y que en el piso había cuentas de su gargantilla azabache. Hernán Cortés fue muy astuto en eliminar toda prueba y se apresuró a enterrar pronto el cadáver, sin ni siquiera esperar a que lo vieran por última vez sus familiares.

En julio de 1529, cuando Cortés había sido alejado del poder y la Audiencia de México, estaba promoviendo numerosos procesos judiciales en su contra, la anciana madre de Catalina, María Marcaida, abrió dos juicios contra el extremeño: en uno le acusa del homicidio de su hija y en el otro le exigía los gananciales del matrimonio. La imputación no prosperó y el juicio se cerró sin condena a los pocos meses. Las declaraciones de muchos de los testigos fueron contradictorias y confusas. Sobre el legado de Catalina, Cortés pagó a sus herederos una indemnización.

Siempre fue un hombre libre y es natural que no pudiese soportar las presiones de su legítima esposa y que por sus grandes ambiciones buscara el ennoblecimiento de su linaje, para lo cual la buena, estéril y enferma Catalina era un estorbo. La sombra del asesinato persiguió al conquistador durante su juicio de residencia y fue uno de los argumentos que usó el Emperador Carlos V para negarle todo mérito en la Conquista de México. Hernán Cortés fue víctima de su propio éxito, de envidias y traiciones al ser alejado del poder por sus enemigos, aun cuando no existe prueba contundente de su inocencia, la denuncia de una madre es una más que suficiente, pues su hija siempre le decía que su esposo algun dia la mataría.