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En Salamanca, mi ciudad natal, yo siempre había escuchado las historias de los viejos túneles que recorren el antiguo centro histórico de lado a lado, conectando diferentes construcciones virreinales, casas, templos, el convento de San Agustín.

Pocos han visto esos túneles, aunque todos en la ciudad conocen de su existencia. Y cada habitante de Salamanca conoce a una persona que a su vez conoce a otra que ha recorrido los túneles. Mi abuela fue la primera persona que me contó esa leyenda. Ella aseguraba que en casa de su tía estaba una de esas misteriosas entradas a esos míticos túneles y que ellos, cuando eran niños, tenían prohibido el siquiera acercarse a aquel pasaje oscuro y sombrío que bajaba a aquel mundo subterráneo. Decía que por las noches en el fondo del corral de la casa de su tía, veían arder fuego justo en la entrada del túnel. Aquello les provocaba terror y era suficiente para mantenerlos alejados de aquel sitio.

Mi abuela solía contarme muchas historias fantásticas sobre esos túneles. Me decía que se usaban en épocas pasadas para que los sacerdotes huyeran de las persecuciones religiosas, me contaba que en épocas de la guerra de Independencia los héroes insurgentes los usaban como vías de escape y como escondite. E incluso me hablaba de que las familias ricas de la ciudad solían llevar sus tesoros al convento de los Agustinos para que ellos, a falta de bancos, les guardaran esas riquezas en los subterráneos y túneles de su convento.

El convento de San Juan de Sahagún, comúnmente llamado de San Agustín, ha sido durante siglos el guardián y vigía de la ciudad de Salamanca. Ha sido faro de luz, de conocimiento y sabiduría en la ciudad. Y no es ningún secreto que la historia, el arte, la cultura y la identidad misma de la ciudad fueron moldeadas por aquellos monjes agustinos que llegaron a Salamanca a principios del siglo XVII. Salamanca es obra de los agustinos.

El majestuoso convento, con sus dos enormes claustros y su templo con sus retablos dorados, ha sido llamado con toda justicia “El relicario virreinal de América” o “La Casa de Oro de Salamanca”. Una verdadera obra de arte virreinal, dentro de sus muros todavía guarda muchos secretos, muchos misterios y muchos tesoros artísticos. Cuando uno mira aquel convento desde la calle, no puede menos que pensar que sus arquitectos tenían en mente una antigua máxima cuando lo construyeron: “que el edificio sea como el hombre: sobrio en su exterior y que toda su riqueza se encuentre por dentro”.

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Y así es el convento de San Agustín de Salamanca. Su exterior es sencillo, sin grandes pretensiones ni adornos ni decoraciones superfluas. Pero su riqueza interior sobrepasa la imaginación. Al entrar a su templo y contemplar sus once retablos dorados, uno no puede menos que recordar esos fabulosos cuentos de las Mil y Una Noches y pensar, con justa razón, que acaba de entrar a la cueva de Aladino… o acaba de encontrar el tesoro de Ali Baba.  Y el encanto de ese templo y la magia que irradia y que llena el alma y el corazón de quien lo visita se extiende mucho más allá del primer momento.

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Visitar el templo de San Agustín a diferentes horas del día es contemplar un espacio diferente y especial cada vez… la luz suave de la mañana, la calidez del medio día, los colores intensos del atardecer, todos esos matices son recogidos y reflejados en esos retablos de oro, herencia de los agustinos a su amada Salamanca.  Las imágenes arcaicas de santos legendarios que nos contemplan desde sus nichos y sus peanas, con sus miradas eternas… ¡Si esas estatuas pudieran hablar, solo Dios sabe que historias podrían platicarnos de la historia de nuestra Salamanca!

Una vez, conversando con un hombre anciano, sabio, conocedor de la historia y de las tradiciones y acontecimientos de la ciudad, me habló del tesoro de San Agustín. Cuando comencé a escucharlo, lo primero que vino a mi mente fueron esas fabulosas historias que mi abuela me había relatado, de tesoros de las viejas familias aristocráticas de la ciudad. Tesoros enterrados, escondidos en los túneles… tesoros nunca reclamados. Me imaginaba esas fabulosas cámaras subterráneas debajo del convento, repletas de tesoros inimaginables.

Y en mi mente podía verme a mi mismo entrando a aquellos lugares de fábula, antorcha en mano a la usanza de los grandes héroes de la arqueología, descubriendo esos tesoros increíbles que durante siglos habían permanecido ocultos bajo la tierra de la ciudad… bajo las baldosas del convento.

Pero aquel viejo cortó de tajo mis ensoñaciones. Como si presintiera lo que yo estaba imaginando, me dijo que mucha gente pensaba que el tesoro de los agustinos era de oro. Pero, me dijo, eso no era así. Todo el oro de los agustinos estaba en sus retablos… no había más.  ¿Entonces cuál era ese tesoro? Aquel viejo me contó que él, al igual que su padre antes que él y que su abuelo antes que ellos, había tenido el oficio de albañil en su juventud. Él, con sus manos hábiles y su espalda fuerte, había construido muchas casas y había reparado muchos edificios de la ciudad durante décadas.

Y el buen viejo, con justa razón, se sentía orgulloso de ello. Él era un constructor. Gracias a su trabajo muchos edificios de Salamanca seguían en pie, para testificar sobre las pasadas glorias de la ciudad.  Él había trabajado en la Parroquia Antigua, ese templo tan centenario con su extraordinaria portada churrigueresca, ejemplo único del arte virreinal en América que es otro de los grandes tesoros de la ciudad.

Él había reparado los techos del templo de Jesús Nazareno de las Tres Caídas, aquel a quien la voz del pueblo le atribuía su diseño al extraordinario arquitecto Francisco Eduardo Tresguerras.  Él había hecho trabajos de reparación y mantenimiento en el Santuario de Guadalupe, ese pequeño templecito que, pese a su tamaño diminuto y apariencia tan humilde, resguarda en su interior un lienzo del siglo XVIII que representa a la Virgen de Guadalupe y que además de ser una obra de arte ya de por sí, tiene la peculiaridad de ser una “imagen tocada”. Es decir, ese lienzo fue tocado con el original de la Ciudad de México.

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¡Tantos tesoros, tantos secretos, tantas historias en una ciudad que puede pasar tan desapercibida en el mapa! Sí, aquel viejo era un sabio. Él conocía la historia del tiempo… él conocía Salamanca. Él había pasado su vida entera reparando el pasado de la ciudad, aquel que se manifiesta en forma de sus edificios. Y bien dicen que la arquitectura es el testigo insobornable de la historia.

Pero… ¿qué sabía aquel viejo de ese tesoro de San Agustín? Porque hablar con él me había intrigado… y mucho.  No era oro, no era dinero… tenía que haber algo más. Pero el buen viejo, como todo buen sabio, no me iba a revelar su sabiduría ni sus conocimientos de manera sencilla… como todo sabio era enigmático y le gustaba hacerme pensar.

Me contó que desde hacía varias generaciones, los frailes agustinos habían contratado a los hombres de su familia para que una vez al año fueran a darle mantenimiento a los túneles del convento. Y ellos así lo habían hecho por años y años, convirtiéndose aquello casi en un ritual de la familia… un secreto que resguardaban con celo profesional y con  el ardor de los alquimistas que están dispuestos a dar su vida antes de revelar su secreto. ¿El tesoro de San Agustín tendría que ver con aquella mítica piedra filosofal? Uno podía imaginar…

Pero el buen viejo seguía hablando… y me hablaba de esos túneles, de esos subterráneos, de esas cámara bajo tierra que él, durante tantos años, había reparado, refaccionado, mantenido y resguardado. Muchas inundaciones habían azotado la ciudad, tan solo en los años del siglo XX y cada inundación significaba un peligro latente para esos túneles y lo que en ellos se resguardaba.

Y con orgullo profesional, el viejo me habló de todos los métodos que ellos, como guardianes de esos túneles, utilizaron a través de los años para proteger aquellas cámaras secretas y preservarlas de todo daño.  Los túneles, me contaba, cruzaban la ciudad. Uno de ellos incluso pasaba por debajo del Río Lerma e iba a salir al otro lado del río, en la colonia Guanajuato, en la casa del sacristán, quien por su parte resguardaba celosamente la única llave que existía para entrar a esos túneles desde afuera de los muros del convento.

Pero ¿qué había en esas cámaras subterráneas? Obviamente el tesoro que ahí se custodiaba era algo importante, algo especial, algo valioso… algo que en mi imaginación ya se había convertido en algo místico y con poderes sobrenaturales. El secreto de la alquimia, sin duda… el secreto de la inmortalidad, la piedra filosofal… ¡Eran tantas las posibilidades!

Mi mente daba vueltas… me sentía mareado, embriagado por todo aquello. Pero el buen viejo no me diría nada…

Y realmente el viejo no me lo hizo fácil ni sencillo. La siguiente vez que fui a buscarlo, con gran pesar y profunda pena me encontré con la triste noticia de que había fallecido la semana anterior… murió mientras dormía, se fue en paz, tranquilo… pero detrás de sí dejó ese misterio. Un misterio que yo no estaba dispuesto a dejar pasar así nada más.

Aquellos túneles no eran ya solamente leyendas de mi abuela. No, ahora eran el testimonio de ese viejo alquimista que me había dado pistas… pero me había dejado el trabajo en las manos. Ahora yo sabía que esos túneles, esas cámaras existían, pero no sabía dónde, cómo, por qué o para qué. Y aquello comenzó a convertirse en una obsesión.

Mis constantes expediciones al convento de San Juan de Sahagún me hicieron conocerlo de arriba abajo, como si se tratara de un viejo amigo. El vetusto edificio dejó de tener secretos para mi. Sus pasajes, sus corredores, sus lugares más secretos, la subida al campanario, su escalera doméstica, aquellos pasadizos que comunicaban los diferentes tejados… todo dejó de ser un misterio para mí, el convento se convirtió en un sitio familiar, conocido y muy querido para mí.

Un edificio que me hablaba con cada piedra de su estructura y me contaba historias de sus glorias pasadas.  Me contó de todos los monjes que pasaron por sus claustros, de aquellas épocas en que en sus muros funcionó un colegio de estudios superiores, tan adelantado a su época… me habló de aquellas dos ocasiones en las que sus claustros debieron ser habilitados como Hospital de Sangre para los ejércitos de la Patria.

Él viejo convento también jugó su parte en la historia de México e incluso en una de sus salas, durante el Movimiento Decembrista de 1876, José María Iglesias se proclamaría presidente interino de México, convirtiendo al convento, fugazmente, en el centro de gobierno del país. ¡Las piedras hablan! Solo hay que aprender su lenguaje.

El convento fue convertido en Penitenciaría del Estado de Guanajuato durante la época Porfirista… después en sus claustros funcionario escuelas, oficinas de Petróleos Mexicanos, hasta convertirse en el centro cultural que es el día de hoy. ¡Tanta historia condensada en ese espacio delimitado por sus enormes y fuertes muros! Lo dije antes y lo reitero ahora, el convento ha sido, es y siempre será el guardián de la ciudad.

Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos jamás logré encontrar ninguna entrada a ningún túnel o subterráneo. Mis pesquisas parecían tan inútiles… porque nada aparecía. Y en más de una ocasión terminé dentro de un viejo aljibe pensando que finalmente había encontrado aquella puerta mágica hacia el subsuelo de Salamanca.

Llegó un momento en el que me di cuenta de que tenía dos opciones: o buscar la entrada a los túneles en el templo o buscarlo en alguna casa cercana. Después de todo las historias de mi abuela seguían resonando en mi cabeza. Y ella siempre habló de la entrada que existía en casa de su tía.

Primero me dirigí al templo… pero fue en vano. Los monjes me permitieron bajar a sus antiguas criptas y en ellas me encontré entre una multitud de viejos salmantinos que se nos habían adelantado en el viaje hacia la eternidad. Pero no había ninguna entrada a ningún túnel.  Los monjes, con una actitud misteriosa y distante, me informaron que ellos no tenían conocimiento de ningún túnel debajo de San Agustín… no sé por qué, pero no les creí.

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Mientras hablaba con ellos me llamó la atención una pintura que se encuentra sobre un inmenso corazón agustiniano labrado en madera, en una antigua mesa en la sacristía del convento. Y, como y no suelo salir de casa sin traer mi cámara fotográfica a la mano, disparé y capturé aquella imagen tan extraña que tanto me había turbado. A los frailes aquello no pareció importarles demasiado y cuando me despidieron, yo juraría que estaban sonriendo a mis espaldas. Aquellos hombres de negro también eran viejos alquimistas vigilando su secreto.

Ahora yo no solo estaba encantado con la idea de los túneles… ahora había algo más. Esa foto, esa imagen… aquella extraña representación de la Trinidad. Yo jamás había visto algo así: un hombre con tres rostros. ¿Un Picasso del siglo XVII?

Comencé a investigar y encontré que aquella era la Trinidad Trifacial. Una imagen que había sido considerara herética dentro de la iconografía de la Iglesia Católica y que había sido incluso condenada por la Inquisición por se considerada sacrílega y monstruosa y prohibida por el Concilio de Trento.

Ahí surgió la pregunta. Si esa representación trinitaria era considerada tan aberrante y estaba prohibida y sancionada por la Iglesia Católica, ¿cómo es que en el templo de San Agustín de Salamanca existía una obra de la Trinidad Trifacial… qué hacía ahí y cómo se había salvado de la destrucción? Y más importante todavía… ¿por qué los frailes agustinos del siglo XVIII se habían atrevido a contravenir las órdenes de la Iglesia y a tener aquella pintura en ese sitio de honor de la sacristía?

Más preguntas… más enigmas… ninguna respuesta.

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Y regresé al templo. Un día, a esa hora en que el sol está alto y el templo completamente vacío. Los rayos de luz que se filtraban por los vitrales multicolores formaban caprichosas figuras en los retablos dorados. Aquello era casi como un caleidoscopio mágico que me fascinaba y me encantaba. ¿Cuántos secretos y misterios guarda aquel templo?

Y aprovechando que no había nadie por ahí, entré a la sacristía con el objeto de tomar algunas fotografías nuevas de aquella Trinidad Trifacial. Pero en esa ocasión, y envalentonado por la soledad, abrí una de las puertecitas de aquella hermosa mesa central de la sacristía, misma que fue traída del Oriente en los albores del siglo decimoctavo.

Y grande fue mi sorpresa al encontrar en el interior de aquel corazón que corona esa mesa de sacristía, una hermosa pintura de colores vibrantes que representaba a tres angelitos que en sus manos sostienen unas bandas de tela en las que está escrita una leyenda en latín.  Sinceramente, y tengo que confesarlo, mi latín no es precisamente el mejor. Así que decidí escribir aquella frase y escapar de ahí a toda prisa, antes de que el sacristán fuera a descubrirme.

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Aquella noche la pasé en el Internet, buscando afanosamente aquella frase, así como toda la información que pudiera obtener sobre la Trinidad Trifacial.  La frase decía: “Sanctus Deus, Sancturs Fortis, Sanctus Inmortalis, Miserere Nobis”. Su traducción: “Dios Santo, Dios Fuerte, Dios Inmortal, ten Misericordia de nosotros” y forma parte de un trisagio conocido como el Triduo Angélico. Y entre otras cosas, se rezaba como protección contra el poder del demonio.

Y una palabra… una palabra que se había estado repitiendo constantemente en mis últimas investigaciones volvió a surgir esa noche: la Inquisición.

Y mi investigación prosiguió… no fue cosa de un día, puedo decir que me llevó años. Pero poco a poco mis pesquisas y mis investigaciones comenzaban a dar frutos. Después de algún tiempo y de mucho preguntar, mucho investigar, mucho experimentar, me llegó a las manos un antiguo documento que un viejo salmantino había obtenido solo Dios sabía de donde y en qué circunstancias. Un documento virreinal, añoso, deshecho, apenas legible, en el que se decía que en algún momento del siglo XVIII, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición había iniciado un proceso contra los frailes del convento de San Juan de Sahagún de Salamanca.

¿Cuál era su crimen?

Poseer libros prohibidos en la biblioteca del convento.

Libros prohibidos… pinturas heréticas… jaculatorias en contra del demonio. Aquellos monjes cada vez me intrigaban y me fascinaban más y más.

Sin embargo el trabajo muchas veces se cruza con nuestras actividades de la vida diaria, y en mi caso aquello no fue la excepción. Por más que yo quisiera seguir indagando en el misterio de los agustinos y su fabuloso tesoro oculto, había que trabajar para poner el pan sobre la mesa… para comprar los libros que ya inundaban mi departamento… para pagar el servicio de Internet que tan indispensable se había hecho. Sí, uno no podía darse el lujo de descuidar el trabajo.

Hay quienes dicen que el universo comienza a mover sus engranes cuando uno realmente desea algo en la vida. Con lo que sucedió después me convencí de la verdad de esa afirmación. Una hermosa tarde otoñal, de cielo azul intenso y un clima que escapaba al frío de los primeros días de noviembre, me encontraba yo en casa de una viejecita que me había llamado para que hiciera unas reparaciones de emergencia en los muros de su vivienda que habían sufrido, debido a su antigüedad, algunos daños bastante severos durante la última temporada de lluvias.

Mientras inspeccionaba la situación de la casa y hacía algunos presupuestos, me detuve en el viejo y descuidado patio central de la misma. Aquella casa estaba en el centro histórico de la ciudad, por tanto era la típica casa antigua, de una sola planta y una arcada alrededor del patio, con una fuente al centro y las habitaciones rodeando aquel espacio fresco, lleno de plantas y de pájaros. No pude menos que sonreír al pensar en lo típico y tradicional que aquello resultaba.

Pero en ese momento mis ojos se toparon con algo… algo que me hizo literalmente saltar en donde estaba parado.  Ahí, en aquella vieja arcada que rodeaba el patio salmantino, unos antiguos medallones tallados en cantera decoraban los arcos… y en aquellos medallones, ya casi borradas por el tiempo, algunas palabras escritas en latín: palabras que no me costó ningún trabajo reconocer: el Triduo Angélico.

La señora, dueña de la casa, notó mi turbación y me explicó que era una antigua jaculatoria que su abuelo solía repetir. Su abuelo, considerando la edad de aquella mujer, debió de haber vivido a finales del siglo XIX. Ella así me lo confirmó. Su abuelo había nacido alrededor de 1850 y se había educado con los agustinos, por eso había sido un hombre tan culto y leído.

¿Podría ser? Una vez más y sin proponérmelo estaba sobre la pista de los agustinos en la ciudad. Y sin poder ocultar mi emoción, le pregunté a la señora qué sabía de todo aquello, con la promesa de que el trabajo que había que hacerse en su casa iría por cortesía mía si ella, a su vez, me contaba sobre su abuelo y su relación con los agustinos del siglo XIX. Los últimos frailes que habitaron el vetusto convento.

A la señora pareció extrañarle mi petición, pero se mostró más que emocionada de compartir sus recuerdos conmigo. Su abuelo había muerto ya muy anciano, probablemente teniendo poco más de los 100 años, a mediados del siglo XX. Había sido un hombre que hasta el último día de su vida había trabajado, se había mantenido fuerte, lúcido y productivo. Aunque nadie jamás hubiera sabido a que se dedicaba en aquellos últimos años de su vida.

La señora me contó que el buen viejo se encerraba en una habitación, al fondo de la casa, pasando el corral, y que ahí pasaba horas y horas sin asomar las narices al exterior… y sin permitir que nadie entrara. Todos ellos pensaban que aquellas eran manías de viejo y jamás les interesó particularmente lo que el abuelo hacía ahí. Como se había educado con los padres agustinos, era un hombre al que le gustaba leer y ellos suponían que eso era lo que hacía en aquella habitación.

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Poco antes de morir, el viejo cerró la puerta de ese cuarto a piedra y lodo y después le colocó varios sellos de cera, como se usaba en los tiempos pasados, y después reunió a sus hijos y nietos y les dijo que lo que estaba en esa habitación era un tesoro que ellos debían de mantener y preservar. Que no la abrirían sino hasta después de que él hubiera muerto.

Y como si él mismo hubiera profetizado su fin, aquella misma noche el misterioso y enigmático viejo murió mientras dormía.  Aquella historia me emocionó al extremo. Me apresuré a preguntarle a la señora qué era lo que había en aquella habitación… que era lo que habían encontrado en ella cuando la habían abierto. Ella se limitó a encogerse de hombros y me dijo que nada en particular. Era una pequeña habitación con una mesa y una silla, que el viejo usaba a manera de escritorio, una lámpara de aceite, unos cuantos libros con temas religiosos y nada más. Cosas de viejo loco, me dijo aquella mujer.

Pero para mí había mucho más… y le pregunté si podía pasar a verla… si es que todavía existía aquel sitio. La señora, a estas alturas de la vida, seguramente pensaba que estaba algo loco, pero de cualquier modo aceptó, no sin antes decirme que aquel cuarto estaba en el corral y que nadie había ido para allá en años, que estaba sucio, lleno de polvo, de basura… y seguramente de bichos como arañas, ratas, alacranes.

La habitación misteriosa era un cuarto pequeño en el fondo del corral. Hacía mucho tiempo que nadie se ocupaba de aquel espacio, ya que estaba cubierto con enredaderas secas y montones de basura amontonada al transcurrir del tiempo. La puerta de aquella covacha, como la señora la llamaba, estaba a punto de colapsar y el techo ya se había vencido en varios lugares.

Hasta ahí me acompañó la señora y me dijo que me esperaba en la casa, que tuviera cuidado. Cuando me quedé solo en aquel sitio, sentí que aquel era un momento solemne… sentí que aquel era un lugar especial.  Entré… y me di cuenta de que la señora no me había mentido. Ahí adentro no había nada más que una vieja mesa y una silla rota. Detrás de ellas, una antigua alacena, de esas que empotraban en la pared y construían de madera, era el alojamiento de un par de libros ya completamente destruidos por el paso del tiempo y los voraces dientes de las ratas.

El lugar tenía ese particular e inconfundible aroma a viejo. Y de pronto me pareció que por dentro se veía mucho más chico que por fuera.  Y fue cuando una idea loca me golpeó de lleno… algo que por ser tan improbable y tan increíble, podría ser posible. Decidiendo que ya me encargaría después de pagarle los daños a la dueña de la casa, tomé la vieja silla que estaba por ahí y sin ninguna clase de conmiseración comencé a golpear una y otra vez la madera podrida de la alacena que estaba empotrada en el muro… un golpe, otro más… y un boquete se abrió confirmando mis sospechas.

Aquella alacena estaba hueca… aquella alacena escondía una entrada secreta. La madera cedió y a patadas terminé el trabajo. Ante mí se abrió un boquete oscuro… unas escaleras que bajaban hacia un mundo subterráneo y oscuro… ahí, después de tantos años, después de tanto tiempo, después de tanto esfuerzo y de tanto empeño… ahí los tenía.

Mi abuela no había mentido… el viejo albañil no había mentido… ante mi estaba la entrada de uno de los legendarios túneles de Salamanca.  Saqué la lámpara que traía en el bolsillo, me puse un pañuelo en la boca y, con pasos temblorosos y el corazón latiéndome en la garganta, comencé a bajar… un escalón… otro más.

Mis pasos resonaban en aquella galería que se internaba en las entrañas de la ciudad. ¿Cuánto tiempo hacía que nadie había bajado por esos escalones? Seguramente la última persona que había recorrido aquel camino era ese viejo que había pasado los últimos años de su vida encerrado en aquel sitio… ¿haciendo qué? Aquel hombre… aquel viejo había sido educado por los agustinos… ¡Por los últimos agustinos que habían vivido en el convento!

Aquel viejo había sido seguramente el último heredero de la sabiduría de aquellos monjes herejes y rebeldes… ¿el guardián de su tesoro fantástico? ¿Y si en esos momentos estuviera yo dirigiéndome a esa fabulosa cámara subterránea en donde se guardaba celosamente el mítico tesoro de los agustinos? ¿Serían ciertas esas leyendas que decían que cuando uno encuentra oro, termina muerto? Yo no creía en maldiciones ni en sortilegios… pero era un hecho de la vida que los gases almacenados en lugares cerrados podrían resultar mortales.

En un rincón de mi mente yo consideraba la idea de regresar a la superficie, conseguir un equipo especial para bajar con seguridad: oxigeno, una cuerda, una lámpara potente, unos lentes de seguridad… pero otra parte de mí me gritaba que no podía detenerme ahora… durante años había esperado por ese momento y no podía retroceder ni acobardarme. ¡Había que seguir adelante!

Una puerta… ante mí había una antigua y pesada puerta. Una puerta que estaba cerrada y sellada con esos sellos antiguos de cera roja de los que la dueña de la casa me había hablado antes. Inspeccioné los sellos con gran interés y sonreí al descubrir en ellos la figura de un corazón ardiente: el símbolo de la Orden de San Agustín.

¡Ahí estaba… finalmente había llegado! Saqué de la funda que traía al cinto una navaja suiza que siempre me acompaña; una navaja que más que instrumento de trabajo es mi amiga fiel y mi aliada incondicional. Con ella removí, con todo cuidado, los 12 sellos que cerraban aquella puerta y los coloqué en la bolsa de mi chamarra.

Empujé la maltratada madera y comenzó a abrirse con un rechinido que hizo que se me enchinara la piel. Era como si la puerta me estuviera hablando… y dentro de mi rogaba que aquellas palabras que yo no entendía no tuvieran nada que ver con aquella advertencia del Infierno de Dante.

Pero cuando la puerta se abrió completamente y mis ojos se terminaron de acostumbrar a la oscuridad del lugar, lo que vi fue algo muy diferente de lo que yo había esperado encontrar.  Aquel lugar no era ninguna cueva de Ali Baba ni ninguna cámara del tesoro salida de los cuentos de las Mil y Una Noches… no, en absoluto.

Mi lámpara iluminó la imagen que presidía aquella habitación, imagen que además yo conocía muy bien: un cuerpo con tres rostros… una imagen herética… una imagen prohibida… la Trinidad Trifacial.  Y en el suelo, acomodados alrededor de la habitación, baúles… muchos baúles de todos tamaños y formas… baúles de madera, baúles de cuero, baúles sencillos, baúles más lujosos… pero nada más que baúles por todos lados.

¡Había llegado a aquella cámara secreta!Ahí estaba… inesperadamente, ante mi, el tesoro de los Agustinos. Los viejos no habían mentido. Las leyendas tenían su parte de verdad… mi abuela siempre había estado en lo correcto. Había un tesoro, había túneles bajo la ciudad… ¡Había un mundo oculto y legendario en las entrañas de Salamanca!

Y ahí, dentro de esos baúles…  Por un momento la emoción me embargó a tal grado que no pude moverme. Me quedé ahí, de pie, contemplando lo que tenía ante mi. Era un momento sagrado, solemne, un instante que no se repetiría y quería saborearlo. Quería grabar cada imagen, cada sentimiento, cada sensación en mi memoria. Estaba ante una verdadera leyenda.

Volví a recordar que era muy posible que en aquella cámara secreta hubiera gases tóxicos. Pero mi emoción y mi curiosidad eran mayores que mi sentido de precaución. En ese momento, sinceramente, no me importaba morir. Lo que quería era saber que era lo que había dentro de esas viejas cajas de madera y cuero que me rodeaban. Amarré mi pañuelo alrededor de mi rostro, al estilo de los viejos asaltantes del oeste, y con pasos lentos y manos temblorosas me acerqué al más próximo de los baúles.

Empujé la tapa hacia arriba y me costó algo de trabajo destrabarla, ya que el tiempo parecía haber sellado aquella caja. Empujé una, dos veces y finalmente cedió con un rechinido que resonó en toda la cámara subterránea y que más que darme miedo me emocionó aún más. Aquello era la voz del tiempo.  Y cuando finalmente la luz de mi lámpara iluminó el interior de aquel viejo baúl, lo que ahí encontré realmente no me sorprendió.

En cierta forma, creo que eso era lo que yo esperaba encontrar en aquel lugar. No eran tesoros fabulosos, no eran montones de monedas de oro, no eran antiguas imágenes de arte sacro, no eran cruces de metales preciosos incrustadas con diamantes y piedras exóticas… no.

Lo que aquellos baúles guardaban, lo que el viejo que había sido el último guardián del tesoro de los agustinos, con tanto celo había preservado y protegido, lo que estaba contenido y resguardado en aquella cámara secreta, era lo que uno podría esperar de aquellos monjes agustinos.

Eran libros.  Cientos de libros… quizás miles de libros almacenados en aquel depósito subterráneo.

Recordé todo aquello que había investigado, leído y estudiado durante tanto tiempo, sobre la biblioteca de los agustinos y su frustrado intento por establecer una universidad en Salamanca. Recordé el proceso que la Inquisición había abierto contra ellos, por la posesión de libros prohibidos en su biblioteca. Y de pronto todo tuvo sentido.

Aquellos monjes habían sido unos visionarios, unos verdaderos progresistas y revolucionarios, en el buen sentido de la palabra, que se habían adelantado a su época. No por nada habían apoyado las luchas por la independencia de la Nueva España. Habían enseñado arte, ciencia y cultura en la ciudad. Habían modelado la identidad de los salmantinos. Y habían recopilado la biblioteca más grande del centro del virreinato.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, antes de la exclaustración de los agustinos y de la expropiación del convento, muchos de sus libros habían sido diseminados en otros conventos, en la biblioteca del Colegio del Estado, en casas particulares… y ahora yo lo sabía. Gran parte de ese acervo había sido cuidadosamente resguardado en aquel sitio, bajo la protección de un hombre que seguramente había sido nombrado el guardián de la memoria Agustiniana.

Yo había, hacía tiempo, revisado un inventario de 1856, de la entonces llamada Gran Librería del Convento de San Juan de Sahagún de Salamanca, en donde se hacía el listado de más de tres mil obras entre las que se encontraban libros de historia de España, historia de Hispanoamérica, historia universal, literatura, gramática y retórica, filosofía, medicina, libros religiosos, de moral, de escolástica, de historia eclesiástica, de apologética y liturgia, libros de Sagradas Escrituras, de derecho, mapas, novelas… miles de libros que los agustinos habían celosamente guardado en la librería de su convento, aquella que había sido auditada por la Inquisición.

Estuve en aquel sótano por un tiempo que jamás supe cuanto fue en realidad. Aquel tesoro era mucho más valioso y mucho más trascendental de cualquier cosa que yo hubiera pensado o imaginado. La sabiduría del hombre, esa sabiduría del tiempo no podía medirse ni valorarse en monedas de oro. Era algo mucho más valioso y mucho más trascendental.

¿Qué podría hacer ahora yo, que sabía lo que había en aquel sitio? ¿Acaso con aquel descubrimiento la estafeta había pasado del viejo guardián a mis manos? ¿Era ahora yo el guardián del tiempo, el guardián de los nombres y el guardián de la cultura y la historia Agustina?

Ciertamente así lo sentía… y así se lo hice saber a la señora, la vieja dueña de la casa, en cuanto volví a la superficie, después de haberme asegurado que aquella cámara secreta bajo tierra estuviera segura una vez más.

Pocos días después, y aprovechando los trabajos de mantenimiento que estaríamos haciendo en su casa, sellamos aquella cámara subterránea y nos aseguramos de que quedara hermética y segura, para seguir resguardando aquel tesoro y en espera de que algún día apareciera alguien a quien pudiéramos entregar ese secreto, ese tesoro del que yo me considero un guardián.  Hasta el día de hoy ese subterráneo sigue siendo un misterio.

Me siento poseedor de un secreto mágico y especial que tengo que cuidar y preservar a toda costa. Ahora cada vez que escucho a alguno hablar de los túneles de Salamanca y del tesoro de los agustinos, yo no puedo menos que sonreír, a sabiendas de que muchas veces la realidad es mucho más maravillosa y sorprendente que cualquier ficción.  Sé que algún día aparecerá la persona que podrá hacerse cargo de esos libros, de ese tesoro atemporal e inmemorial.

Mientras tanto el secreto está a salvo y los libros están resguardados en las entrañas de esta ciudad que los agustinos eligieron como su tierra y a la que marcaron para siempre con su arte, su ciencia, su cultura y su tradición.

Esta ciudad que, como lo ha hecho durante más de cuatro siglos, sigue descansando plácidamente a orillas del río Lerma y bajo la sombra imponente y protectora del antiguo convento de San Juan de Sahagún, el coloso de Salamanca.