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LA DICTADURA DE LAS REDES SOCIALES

Las redes sociales se han convertido en una explosión de notas irrelevantes en su mayoría, planeadas muchas de ellas desde agendas preestablecidas que buscan un solo objetivo: la controversia.
Los distractores de la realidad siempre tienen dos aristas, lejos quedaron los textos meramente informativos de los medios tradicionales de comunicación, pues la crítica constructiva y destructiva siempre tiene algo de verdad, mucho de calumnia y demasiadas mentiras, es el objetivo principal de quienes nos guían, manipular nuestras emociones y normar nuestro criterio.
Una sociedad más abierta e informada es más peligrosa, es por ello que los gigantes del pasado que se creían inquebrantables van demeritando su prestigio constantemente, entiéndase como partidos políticos, empresas, instituciones, etc.
Cuando era adolescente leí un libro llamado «Rebelarse Vende’ que me impresionó mucho por el análisis histórico que hicieron un grupo de sociólogos canadienses sobre la contracultura y lo perjudicial que ha sido para el desarrollo social, la conclusión más elemental y que se ha repetido de manera cíclica en la historia, es que no se puede cambiar el status quo, y el querer hacerlo o al menos intentarlo es tarea del esfuerzo colectivo, del adoctrinamiento pero sobretodo de la evolución de las sociedades.
En ciencias políticas se llama a este concepto el «gatopardismo» que tiene su origen en la trama de la novela «El gatopardo» cuya premisa consiste en «cambiar todo para que nada cambie», desde entonces, en ciencias políticas se suele llamar «gatopardista» al político o institución que inicia una transformación revolucionaria pero que en la práctica sólo altera la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente el elemento esencial de estas estructuras. El gobierno sólo cambia de manos, reafirmando el estudio de los sociólogos canadienses.
El dia de hoy vemos políticos disfrazados tocando tambores, haciendo promesas en versos y gobernando en prosa, presidentes esquizofrénicos ufanándose de su benevolencia, otros alardeando de su «inmenso» poder, certámenes y concursos que buscan enaltecer minorías para ganar adeptos entre los vanguardistas.
Con todo lo anterior podemos concluir que por mucho que cambien las circunstancias en apariencia, lo cierto es que las cosas siguen y seguiran igual, quizá un poco peor.